fbpx
Conéctate con nosotros

Sociedad Relatos de Vida

El silencio de un compañero para sobrevivir, otro pedacito de vida del sanjuanino Eduardo Maza.

Publicado

En

Ahora San Juan tiene una historia en el tintero, una parte del extenso y rico relato de Eduardo Maza, el trabajador del Matadero. El hombre, involucrado en la lucha social desde siempre, un poco por su historia y otro por las experiencias de vida.
Hacé clik aquí para leer la nota anterior.

El 5 de febrero de 1976 cambió para siempre la vida de un joven de 20 años con convicciones firmes que debió doblegar su sentir y pensar con el fin de cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. “Mi militancia siempre estuvo del lado de la justicia” alega Eduardo. “Mi viejo siempre me decía: usted siempre busque la justicia, sea justo” y así fue.

Sabiendo todas las atrocidades que se habían cometido, hasta con compañeros míos que los desaparecieron. Nosotros lo sabíamos, teníamos una consigna que era mantener silencio. Porque íbamos a ir a un lugar peligroso”, relata con un sesgo de angustia en su voz el hoy hombre adulto. “En aquel momento fue terrible para mí y para otros compañeros”, resalta Eduardo.

Recuerdo a un amigo, estudiante de medicina de aquel entonces, con el que nos enlistaron para el servicio militar. Para nosotros era muy duro. Con este amigo nos mandaron para Tucumán, en una compañía particularmente creada para ese destino. Nos fuimos el 9 de mayo y volvimos a fines de julio, en condiciones infrahumanas. Desde que nos llevaron con borceguís de suela, a la semana ya no teníamos calzado, nos los atábamos con alambre. El ejército no nos proveía de esos elementos, los hongos eran lo de menos. Cuando volvimos de Tucumán estuvimos acá y nos hacían hacer operativos de noche, muy feo fue”, cuenta haciendo notar que el recuerdo sigue intacto en su mente.

“La dictadura para mí fue lo más cruel que pude ver y vivirlo desde adentro como soldado con una ideología completamente diferente y no poder hacer nada. Ver cómo detenían a compañeros, los buscaban, registraban sus casas. Nosotros como soldados estábamos afuera, no entrábamos nunca, los que lo hacían eran oficiales y suboficiales. Al soldado lo llevaban para mirar y hacer pantalla”, resalta.

La gente estaba aterrorizada, nadie les iba a hacer ni decir nada”, subraya cómo aquello que sentía el común de la sociedad por aquel entonces.

Donde estaban las oficinas de inteligencia nos ponían a nosotros de plantón en la noche a cuidar. Todas esas cosas las tengo grabadas como la canción de León Gieco “grabado en la memoria””.

Eduardo Maza junto al Sec. Gral. de la CGT San Juan Ubaldo Montaño

Cuando iba camino al fin, la luz al final del túnel, recuerda la siguiente situación: ” un día nos llevaron al dique de Ullum, medio como de castigo porque ya había poca actividad. Justo veo una máquina desarmada y reconozco una de las personas que la estaba arreglando, era mi tío que no me veía hace años, de mi familia fui el único que hizo el servicio. Fue un encuentro muy lindo y me dijo “el día que usted le den la baja acá tiene trabajo”’, fueron las palabras de aquel familiar que lo ayudo a rearmarse.

Un tiempo después de ese encuentro llamaron a un grupo de soldados, entre los que estuvo Eduardo, para darle la baja. “Te hemos visto una actitud muy buena, todo el tiempo estando acá, hiciste lo que cualquier soldado hace, te mantuviste neutral en todo momento, te mantuviste en el montón”, dice al remontarse a aquel momento.

En verdad, en palabras de este hombre lo que hizo no fue más que realizar sus verdaderos ideales. “Era nuestra consigna, la teníamos que cumplir, con dolor callarnos. Sufrir en silencio porque yo veía como sufrían mis compañeros con los que manejábamos las mismas ideas, nuestros mismos principios: ¿Cómo revelarme ante el verdugo? Era imposible, era un suicidio”.

“Se conocían de las muertes de soldados que en verdad eran militantes y no estaban nada de acuerdo con la dictadura y bueno, eso hacía que nosotros guardemos silencio”, revive.

Si me iba de baja tenía que llevarme la libreta para ir a trabajar al dique, la baja para mí era como tocar el cielo con las manos”.

Así es como me dieron la baja de honor, me dan la libreta en la mano y la bolsita de ropa, con nada de cosas y pienso “dónde está mi norte”. Yo volví al dique, caminando. Donde me reencontré con mi tío y empezó mi nueva etapa, trabajando en el dique de Ullum, donde empieza el inicio de mi vida sindical”, fue el final de una etapa que abrió puertas inimaginables.

Sociedad Relatos de Vida

Naty Legrand, profe de bici, peluquera y madre sanjuanina. El deporte como vehículo de ayuda a los demás.

Publicado

En

Natalia Erica Legrand, “Naty”, lleva más de treinta años pasando por gimnasios. A sus 48 aparenta muchos menos, tanto por el deporte como por su actitud hacia la vida. Ahora compagina clases de Indoor cycling y Gap a las mañanas; y peluquería-estética a la tarde. Además de madre a tiempo completo. Desde Ahora San Juan nos acercamos a conversar con ella, a aprender de sus vivencias y de su fortaleza. Hablamos de la importancia del deporte para la salud mental ahora que en estos tiempos todo parece estar en crisis.

Por Antonio Morente.

Naty empezó haciendo patín carrera con doce años, cuando la llevaba su papá. “Un sacrificio enorme que tuvo que hacer mi papá para comprarme los patines”, recuerda con cariño. Estuvo unos años, después paso por el básquet y hockey sobre césped, hasta que con quince años llega por primera vez a un gimnasio. “En aquella época no se estilaba que mujeres a mi edad hicieran aparatos en musculación. Ahora veo cómo va cambiando la mentalidad” observa.

Con el tiempo llega a hacer el instructorado de aeróbica. Un día prueba clases de bici, Indoor cycling. Le gusta tanto que decide que se quiere formar en ello. Lo hace y poco después ya comienza de profesora, ya son más de 20 años sobre una bicicleta dando clases.

En algunas épocas ha combinado las clases de bicicleta con natación o gimnasia acuática. Bajarse de la bici, ir a la pileta y continuar. Con el tremendo esfuerzo que eso supone. Incluso en muchas ocasiones ha encadenado una clase con otra de bicicleta, y los que hayan probado alguna vez saben de la energía que requiere dar una sola hora a la mayor intensidad. Porque en esto no es que el profesor descansa mientras los demás son los que hacen el esfuerzo, sino que el profesor ha de vivir la clase y hacerla dando el ejemplo, poniéndole más ganas que nadie y sumándole los gritos para dar indicaciones y motivar a los alumnos.

“El deporte para mí era como una pasión, era como levantarme y lavarme los dientes. No me podía faltar. No era tedioso para nada, era un placer” aclara. Ya antes de instructora y de trabajar en gimnasios, Naty se formó de peluquera. Y esa ha sido su principal fuente de ingresos. Aunque reconoce que ama la actividad física, señala la dificultad de poder vivir únicamente con ese trabajo. “Lo hacemos por apasionados, pero tristemente no da para todo”, señala Naty que a nivel provincial deberían estar mucho mejor valorados los instructores.

Un tiempo estuvo trabajando de secretaria y administrativa en una obra social, lo cual terminó dejando. El problema suponía cuando fue mamá y tener que cuidar a sus hijos. Lo que trabajaba lo tenía que gastar en pagar a alguien para que cuidara a su hija, así que se decidió por la peluquería. Se montó su propia peluquería en su casa y así podía estar con sus hijos mientras trabajaba.

Ya con tres hijos y cuando empezaron a ir a la escuela, decide compaginar gimnasio y peluquería. A la mañana a dar clases y a entrenar, a la tarde dedicarse a la estética y cortar pelo. Todo eso unido a todo el trabajo que supone ser madre, aquellos cuidados a veces invisibilizados porque no se puede medir en ingreso económico, pero que realmente son lo más importante.

Naty tiene cuatro hijos. Se separó hace nueve años. Una hija de 23 años, y tres varones de 19, 17 y diez años el más chico. Advirtió que cada vez fue teniendo menos ayuda del padre de sus hijos, y que tuvo que hacerse cargo ella de todo. Y explicó que no solo en lo económico, sino también en todo lo que implica la crianza. Si tengo que decir que tengo el apoyo de mi familia a morir. Mucho apoyo, siempre lo he tenido”, reconoce Naty.

No es fácil, no se me hace fácil. Pero la llevo, la llevo”, confiesa.  “Siempre le digo a mis alumnos y a los clientes de la peluquería, o a cualquiera, que si yo no hiciera actividad física estaría con una depresión de estar tirada en la cama”. Acá hablamos de los beneficios del deporte para el bienestar general. No solo físico, sino también mental. Para todo el mundo, pero también conversamos sobre lo importante que puede ser para los adolescentes, a raíz de los problemas que están saliendo a la luz últimamente. Con todos los peligros que pueden rondar a una edad en la que se dan tantos cambios en la persona, la actividad física puede convertirse en un pilar fundamental para mejorar la salud. El deporte puede dar una estabilidad más que necesaria cuando todo alrededor se tambalea. Naty lo sabe, ella lo toma como su propia terapia y predica con el ejemplo. No solo para sí misma, sino que intenta motivar y alegrar a aquellos que vienen a su clase. Es envidiable, porque pase lo que pase en la vida de Naty, ella llega con una sonrisa a primera hora de la mañana y da la clase con toda la energía del mundo.

Porque cuando las cosas no andan bien es difícil encontrar la fuerza o las ganas para darlo todo físicamente. Naty se acuerda que en las épocas en que ha estado muy mal: “estaba triste mal, con la cara llena de lágrimas y tener que ir a dar clase. Bajarme del auto y decir: ‘hay que cambiar la cara, hay que ponerle ganas’ a pesar de todo lo malo. Entrar al gimnasio, cerrar los ojos y contar hasta veinte. Subirme a la bici y ‘aquí no ha pasado nada’, que nadie se diera cuenta de lo mal que estaba. Y así un tiempo, hasta que poco a poco fui saliendo.”

Es admirable esa fortaleza, disciplina y esfuerzo. Para Naty no sólo es hacer que en sus clases pedaleen o que transpiren: “yo intento hacerles sentir lo que siento yo sobre la bici, que lo disfruten como lo hago yo”. Cierto es que lo consigue. Y contó que constantemente sus alumnos le agradecen el impacto positivo que ha tenido en sus vidas. Cada vez que Naty ha cambiado de gimnasio siempre hubo alumnos que la siguieron, y que buscaron sus clases.

Conversamos con ella sobre cómo ese mecanismo la ayudó tanto, a empujarse a sí misma y a sentirse bien sobre la bici. Que esa hora la disfrute como siempre, buscar a esa Naty que aprovecha ganarle terreno a su versión que sufriendo. Lo que vendría a ser un mecanismo de la psicología conductual de lo más efectivo. Le tiembla la voz contando que la única vez que quebré fue cuando falleció mi papá, que para mí ha sido lo más duro, una pérdida tremenda. Se tomó unos días, pero una semana después ya estaba de vuelta sobre la bici, “él ya no estaba y yo tenía que seguir. Sé que él lo hubiese querido así”, recuerda con tristeza Naty.

Le apasiona trabajar de profe de bici, pero no solamente por los beneficios en el plano individual, sino colectivo. “La satisfacción que da que alguien te diga que lo estás ayudando, que una alumna, por ejemplo, te diga: ‘Naty empecé el gimnasio y tomaba pastillas para dormir, pastillas para la depresión, pastillas para los ataques de pánico’ y que te agarre de las manos y te digan: ‘gracias Naty porque ya dejé de tomar la pastilla para la depresón, la pastilla para dormir, …’. Te hacen sentir tan importante para la vida de las personas, tan bien…”, relata con orgullo. Rosalía, una de las alumnas que lleva con ella mucho tiempo, le dice siempre: “Naty sos mi medicina”.

Ayudar es un valor fundamental según ella. Porque no se limita solamente a dar clase, las mayoría de las veces se queda conversando con alguna alumna que tal vez está atravesando un mal momento. Naty siempre presta su apoyo, algunos pueden pensar que es cargarse negativamente, pero no es así: “no me hace mal que las personas me cuenten cosas malas, no me hace daño, todo lo contrario. Me hace bien, porque siento que estoy ayudando a esa persona, y eso es muy lindo”. Es más, Naty subraya una de sus premisas fundamentales: “Yo siempre dije que hay que ser humilde. No ponerte por encima en el lugar de profe, tenés que estar a la par, la humildad es muy importante en la persona. Porque es un ida y vuelta, yo no soy más que nadie. Si puedo ayudar: lo hago; y de toda persona aprendo”.

Naty trabaja a la mañana en un gimnasio, cuando acaba va a comprar la comida y cocina para sus hijos. A la tarde trabaja en la peluquería. Intenta enseñarles a sus hijos a esforzarse: “Yo les digo que puede que no tenga ganas, o que esté cansada, pero que igual hago el sacrificio porque es para todos”, dice. Predica con el ejemplo e intenta demostrar con sus acciones, puede que no sea perfecta, pero intento llevarlos por ese camino de la responsabilidad.

En la peluquería y estética ofrecen todo tipo de servicios, porque Naty ha seguido siempre haciendo una amplia variedad de cursos. Nunca ha dejado de formarse. Y también tiene muchas inquietudes de cosas que le gustaría aprender. Los límites los pone uno” afirma tajantemente Naty. “La vida sigue, y voy a seguir haciendo cosas y aprendiendo cosas”.

Cualquier mañana si uno va por la calle Tucumán, un poquito antes de la plaza Trinidad, puede ver a Naty en el gimnasio Fitness Center dando gritos para animar su clase, e iluminando con esa sonrisa que siempre lleva puesta. Sino en las tardes en su estética en Santa Lucía. Porque Naty sigue peleándola y pedaleándola a cómo venga la vida, lo que sea necesario por sus hijos, y ayudando a todo aquel que se le acerque.

Continuar leyendo

Sociedad Relatos de Vida

María la vendedora ambulante que recorre las calles de San Juan ofreciendo sus productos caseros.

Publicado

En

La informalidad laboral es uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta el país; esta problemática involucra varios temas, pero el que más se destaca es el de los riesgos a los que se exponen los trabajadores para conseguir un ingreso mínimo para subsistir. “Esto es una lucha de día a día” dice María una vendedora ambulante.

María es una vendedora ambulante que sale todos los días a vender semitas, pan casero, pan de naranja, prepizzas y hasta dulce. Con su bicicleta cargada de productos caseros, María recorre todo San Juan rogándole a Dios poder vender todos sus productos para llevar a casa la plata que tanta falta hace.

“Trabajo toda la noche y cuando cargo mis productos, salgo a la calle a trabajar, a recorrer hasta donde pueda mi cuerpo” comenta María y explica lo difícil que es trabajar cuando se arrastran problemas de salud “Tengo una trombosis en la pierna, se me ha cortado la vista, se me ha estado cayendo el pelo y ahí estoy, todos los días me levanto y le pido a Dios “Dios mío que venda todo rápido”, porque “es difícil trabajar teniendo estos problemas de salud“.

“Los otros días me vio un doctor y me dice “¿tiene obra social?” y yo le digo “no” y el doctor me dice que “30 mil pesos sale” hacerme ver y hacerme los estudios porque me duele acá” cuenta María mientras se toca la parte baja de la espalda. “Yo no tengo la plata para hacerme los tratamientos” se lamenta María.

Hace 8 años que trabajo en la calle y gracias a Dios, porque soy católica, puedo vender pan, semita, dulce y puedo llevar a la casa la plata que tanto nos hace falta” comenta María y agrega que “El padre de mi hijo, se enoja conmigo porque me ve trabajar, él es jubilado, pero no alcanza, no nos alcanza y yo salgo a la calle a “pucherear” a sacarla”. Ganar un par de pesos para poder vivir dignamente es el desafío que María enfrenta todos los días.

“Siempre le pido a Dios “Dios mío que venda rápido las cosas” porque tengo miedo, tengo miedo a los asaltos, la calle es bastante peligrosa y yo tengo miedo, pero lo hago porque es mi trabajo y no tengo otra cosa” dice María y expone la dura situación que atraviesan los vendedores ambulantes y el doble peligro que implica para las mujeres.

“Yo vivo cerca del Estadio de Pocito, atrás, en la calle 5 y ruta 40, he andado por la ruta rápida, ahí tuve un encontronazo con tres personas” comenta María y explica que “a raíz de eso perdí mis dientes porque me golpearon la boca, nunca recuperé nada”. “Pero yo soy una mujer luchadora y no bajo los brazos” afirma María.

“Ayer me ha tocado trabajar con viento zonda y he trabajado todo el día, ayer se me bajo un poco la presión y me tuve que comprar una coca porque se me había nublado hasta la vista y bueno es mi lucha del día a día” remarca María.

María cuenta que tiene un hijo que está estudiando, “estoy orgullosa de él, pero él no está orgulloso de mi, pero bueno a mí no me dio la cabeza para estudiar, yo llegué hasta segundo año y tuve que dejar” explica María sin dar tantos detalles de su pasado, pero si los suficientes para entender que a sus espaldas carga los recuerdos de una infancia difícil.

“Mi mamá tuvo un accidente y ella no sabía nada de su vida, perdió el conocimiento” recuerda María y regresa en el tiempo cuando su infancia empezó a doler. “Yo tenía 7 años, yo tuve que vivir con una familia por parte de mi papá, y me trataban mal, me tiraban el pelo, me daban mal de comer” cuenta María y agrega que tanto sufrimiento lo mantuvo en silencio “porque me amenazaban”.

“Yo me arrepiento muchísimo de no haber podido estudiar” se lamenta María y explica que “Cuando los chicos y las chicas se me acercan para comprarme las semitas, siempre les digo que tienen que estudiar porque yo no lo pude hacer, yo no lo logré“. Sin embargo, María con fuerza remarca que “Acá estoy, salgo a trabajar decentemente a la calle, ya no sé cómo trabajar, cómo vender, cómo seguir porque ya no me da el cuerpo, pero acá estoy trabajando”.

“Esto es así, así es mi día, así es mi vida y doy gracias” dice María una vendedora ambulante que recorre las calles de San Juan con una bicicleta cargada de semitas, pan casero, pan de naranja, prepizzas y dulces para vender.

Continuar leyendo

Sociedad Relatos de Vida

El guardián de libros en San Juan. Ricardo Aguilera, bibliotecario de corazón.

Publicado

En

Por Antonio Morente.

Una biblioteca es pilar fundamental para el saber y la cultura de un lugar. Y detrás de una buena biblioteca siempre hay un buen bibliotecario. Los sanjuaninos tenemos ambas cosas por suerte. Desde Ahora San Juan nos acercamos a hablar con Ricardo Aguilera, bibliotecario desde hace más de un cuarto de siglo en la Biblioteca Franklin, la biblioteca popular más antigua de América del Sur.

Ricardo lleva desde el año 1995 trabajando en la Biblioteca Franklin. Veintisiete años, que se dice pronto. La vida entre libros. Bibliotecario es una profesión que no siempre es justamente valorada, pero fundamental para el sostenimiento cultural. Una biblioteca requiere de un gran trabajo humano del que nos beneficiamos todos, Charles Medawar hacía referencia a esto cuando decía: “Los bibliotecarios son casi siempre muy útiles y a menudo casi absurdamente bien informados. Sus habilidades son probablemente muy subestimadas y en gran medida subempleadas”.

Ricardo nació en Las Flores, localidad de Iglesia. Allá empezaron a crear una biblioteca popular.  A Ricardo le quedaba cerca de su casa: “cómo no había nadie que la atendiera, me preguntaron y la atendí yo” nos cuenta. Sin nada, el presidente iba buscando, y con las donaciones que recibieron pudieron empezar con la biblioteca. Poco a poco fueron avanzando y se trasladaron de una piecita a un local más grande, donde es hoy es la Biblioteca de Las Flores, construyeron algunas estanterías e iban creciendo. Les habían donado el terreno, “todo con base a donaciones, todo era trabajo voluntariado de todo el mundo” subraya Ricardo.

“Allá, cuando te conocen, te van a buscar a tu casa hasta los días domingo para que les prestes un libro”, recuerda. Y así, un domingo llega a su casa la Directora de la Biblioteca de la Provincia, estaban censado las bibliotecas populares. Ricardo le muestra la biblioteca y el trabajo que venían haciendo. La Directora le cuenta que existe la carrera y lo anima a estudiarla. El joven se entusiasma, lo habla con sus padres y se viene a San Juan a anotarse para estudiar para Bibliotecario Nacional, hoy Bibliotecología. La Biblioteca de Las Flores no disponía de fondos para pagarle un sueldo, pero haciendo un esfuerzo el Presidente ayudaba cuando podían para pagarle algún pasaje para venir a la Capital.

Ricardo empieza a cursar a distancia. Le resulta complicado. Hay un choque cultural grande en cómo se estudiaba en Las Flores y pasar a la Capital al Colegio Superior Sarmiento. Al segundo año ya se queda en la Capital para seguir con sus estudios. Se esfuerza mucho y llega a formar parte del cuerpo de bandera. No solo eso, sino que de su promoción fue el mejor promedio. Lo que le otorga un premio por parte del Colegio de Bibliotecarios Graduados de la República Argentina, y el viaje a Buenos Aires para recibirlo.

La residencia la realiza en la biblioteca de la Alianza Francesa. Posteriormente a eso, comienza a trabajar en la biblioteca Camilo Rojo. No podían pagarle mucho, “el problema de todas las bibliotecas populares es los fondos”, dice. A veces juntaba un poco más saliendo a cobrar las cuotas a los socios. Es poco tiempo después que consigue entrar en la Biblioteca Franklin, la cual era muy distinta a lo que es hoy.

Empezó como bibliotecario, pero además entre los años 2000 y 2004 fue Vicedirector. Fue una experiencia, reconoce. Aunque después de cuatro años prefirió seguir con su oficio. En el año 2011 lo becan para viajar a Estados Unidos. A través del Departamento de Estado y el Instituto de Educación de EE.UU. lo becan para el programa Bibliotecas y Museos como recursos comunitarios. Primero a visitar la Biblioteca del Congreso en Washington. No solo eso, sino que después visitó otras ciudades con sus respectivas bibliotecas: Kansas, Cincinnati, Wyoming y terminando en Los Ángeles. “Las bibliotecas eran enormes, hermosas. Muy limpias, pero excepto la de Los Ángeles, una biblioteca pública en un barrio chino, en ninguna vi a la gente como acá, estudiando”.

Ricardo es honesto, confiesa que no es un devorador de libros, pero sí que se preocupa en saber de todo lo que puede. Es imposible que hubiese leído todos los libros de la biblioteca, pero si tiene una idea sobre qué trata cada uno, como para poder aconsejar a todo aquel que venga a la Franklin, ya que como decía Borges: “ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica”.

La Biblioteca Franklin es la biblioteca popular más antigua de Sudamérica. Fundada por Sarmiento en 1866. Son más de 150 años abierta, sin perder ese carácter popular. Con todas las dificultades que ello implica, pero ha podido mantenerse gracias a la labor de personas como Ricardo, que entienden la importancia que tiene para la cultura de San Juan el que una gran biblioteca siga funcionando. Desde que él entro la biblioteca también ha ido cambiando. En el año 2004 finalizaron las obras de remodelación. La Franklin se ha ido acompasando a los tiempos y a las nuevas tecnologías, con las tareas de digitalización y el paso de un servicio tradicional al de biblioteca híbrida, integrando lo físico con lo electrónico.

Hoy cuenta con un gran número de servicios, que pueden consultarse a través de su página web (http://bibliotecafranklin.org.ar/) además de contar con unos 80.000 volúmenes. Hacerse socio es bastante sencillo, la cuota es trimestral y mínima. Tristemente, hoy en día, el libro en nuestro país tiene un precio que acerca la lectura a casi producto de lujo. Para un argentino comprar libros es algo prohibitivo, puesto que no se entiende como una necesidad básica y no hay ningún interés en que leamos y pensemos por nosotros mismos. Gracias al trabajo de personas como Ricardo y sus compañeros existe la Biblioteca Franklin y tenemos la oportunidad de poder leer, expandir nuestros horizontes y generar un pensamiento crítico. Para que se hagan una idea: con lo que sale la cuota de un año entero no alcanza casi ni para comprar un libro nuevo. La biblioteca ofrece todos los libros que uno sea capaz de leer en ese año.

La lucha de una biblioteca popular por mantenerse es ininterrumpida, depende de varios factores. No siempre es fácil, sobre todo si cuenta con empleados. Tal como señala Ricardo, “es lindo crear cosas nuevas, pero después hay que mantenerlas”.

De lunes a sábado uno puede acercarse por la Franklin. Allá estará Ricardo y sus compañeros trabajando. La sala suele estar llena de jóvenes estudiando y simultáneamente los diversos talleres que ofrecen, desde el rincón infantil, ajedrez, teatro, club de lectura, etc. Es un claro de luz en pleno centro sanjuanino. “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”, volviendo a citar a Borges. Nosotros tenemos el nuestro, gracias a Ricardo y muchos otros como él. Ya que, si las bibliotecas son un tipo de Paraíso, Ricardo vendría a ser uno de esos ángeles guardianes.

Tal vez, la profesión de bibliotecario no sea la más deslumbrante hoy en día para nuestra sociedad a simple vista. Al contrario de esto, es una de las más valiosas y necesarias. Por último, los dejamos con la defensa de los bibliotecarios de Umberto Eco: “El libro es una criatura frágil, se desgasta con el tiempo, teme a los roedores, resiste mal la intemperie y sufre cuando cae en manos inexpertas… Por tanto, el bibliotecario los defiende no solo de los hombres sino también de la naturaleza, y consagra su vida contra las fuerzas del olvido, que es enemigo de la verdad”.

Continuar leyendo

Continuar leyendo