fbpx
Conéctate con nosotros

Opinión

Jesús y nosotros, bautizados para una misión.

Publicado

En

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano)

Estamos celebrando este fin de semana la Fiesta del Bautismo de Jesús, el momento que marca el inicio de su ministerio público. Los escritos del Nuevo Testamento coinciden en comenzar la predicación del Señor a partir de este acontecimiento. Nos cuenta el Evangelio de San Lucas  —que proclamamos este sábado y domingo— qué sucedió después de haber recibido el Bautismo, “mientras [Jesús] estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Lc 3, 21-22). Cada detalle del relato está cuidadosamente contado para ubicarnos en la trascendencia del inicio de la vida adulta del Señor. El Padre nos revela la identidad de Jesús como su Hijo.

A quien hemos contemplado como niño en la Navidad, en brazos de José y María, hoy lo vemos iniciando su misión de consuelo y misericordia.

En estos primeros capítulos de San Lucas, el Espíritu Santo tiene un destacado protagonismo. Fecunda el vientre de la Virgen, inspira el saludo de Isabel, se manifiesta como paloma en el bautismo de Jesús, luego lo lleva al desierto (Lc 4, 1); y después vuelve a Nazaret, también llevado por el Espíritu. Te propongo que reflexionemos sobre lo sucedido en la Sinagoga de Nazaret, poco después del bautismo en el río Jordán. En esta primera predicación pública del Maestro hay una marcada presencia del Espíritu Santo, así como en los comienzos de la misión de la Iglesia, el mismo evangelista lo hará notar en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Te transcribo el pasaje: “Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: ‘Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír’.” (Lc. 4, 16-21)

Como podemos ver, la primera predicación de Jesús fue muy breve: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. El Señor se reconoce ungido por el Espíritu Santo, “el Espíritu del Señor está sobre mí, Él me ha ungido y me ha enviado”; en Jesús la unción del Espíritu y el envío para la misión acontecen en el mismo momento y no se disocian nunca.

La unción y la misión van de la mano. Además, en la unción y el envío no hay vuelta atrás. Jesús no fue ungido y luego “des-ungido”. La unción es algo permanente, no una acción pasajera. La unción no es para un mes o para dos años sino para siempre. Es una unción que marca su identidad, nos muestra quién es Jesús. Unción es una palabra castellana; en hebreo ungido se dice mesías y en griego se dice cristo. Tanto marca identidad que el nombre que se usa para designar a Jesús será el Cristo, o sea, el Ungido, y tiene que ver con el Bautismo recibido poco antes y esta explicitación en la predicación en la Sinagoga.

Y ahora pasemos a una mirada acerca de nosotros. También somos “ungidos”. Cuando nos preguntan qué religión profesamos y respondemos que somos “cristianos”, estamos diciendo que somos ungidos. Ungidos también para siempre, de una manera permanente. Y así como en Jesús, el Cristo, unción y misión van unidas, en sus discípulos sucede lo mismo. En el Bautismo somos ungidos de modo estable, de modo permanente, para una misión a desarrollar en este mundo, la misma de Jesús: anunciar buenas noticias a los pobres, llevar consuelo a los afligidos; esta es la misión que la Iglesia tiene en este mundo. Porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo en esta historia. Unción y misión en Jesús, en la Iglesia, en nosotros, van juntas; y esto marca nuestra propia identidad. Decía San Pablo VI: “la Iglesia existe para evangelizar”. Y nosotros lo repetimos, la Iglesia existe para evangelizar.

Reconocemos en este pasaje evangélico el envío que el Espíritu Santo sigue realizando hoy para una misión permanente. Continuamos siendo enviados para anunciar buenas noticias a los pobres. Por eso, si queremos evaluar la fidelidad a Jesús, tenemos que mirar en quiénes estamos suscitando sonrisas. Si somos capaces de anunciar buenas noticias a los pobres, si ellos se alegran con nuestra presencia, si a ellos llegamos con nuestro consuelo, significa entonces que estamos bien encaminados. Una misión orientada a las pobrezas materiales y existenciales.

Hace pocas semanas desarrollamos la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe. Varias veces hemos recordado una de las insistencias del Documento Conclusivo de Aparecida: por el bautismo todos somos discípulos misioneros de Jesucristo, llamados a ser Iglesia en salida.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

Opinión

Padre Rutilio Grande y compañeros mártires: Pasión por Jesús, pasión por su pueblo.

Publicado

En

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

La persecución y el martirio marcaron los inicios del cristianismo. En el año 197 Tertuliano escribió “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Veinte siglos después, en nuestro tiempo, sigue habiendo hombres y mujeres que son asesinados por odio a la fe.

Este fin de semana se beatifica en El Salvador a 3 mártires asesinados el 12 de marzo de 1977. El padre Rutilio Grande (48 años de edad, sacerdote jesuita), Manuel Solórzano (72 años) y Nelson Rutilio (15 años); y al fraile franciscano Cosme Spessotto (OFM) asesinado también en El Salvador pero el 14 de junio de 1980. Vayamos primero a las circunstancias de la muerte de Rutilio, Manuel y Nelson.

Los emboscaron y asesinaron en una ruta cuando se dirigían a celebrar misa de la novena de San José en una de las comunidades. Los tres fueron sepultados juntos, de manera sencilla, delante del altar del Templo parroquial de San José, comunidad a la que pertenecían, y de la cual el padre Rutilio era el párroco.

El padre Rutilio fue un gran amigo de los pobres. En ellos veía a Jesús, como nos narra la parábola evangélica (Mt 25, 34-40); con ellos dialogaba, rezaba, los acompañaba en sus anhelos de liberación y de paz en un contexto muy duro de violencia ejercida por la dictadura militar en su país. 

Fue formador en el Seminario, educador en el Externado San José, y durante unos años párroco en comunidades campesinas en Aguilares y El Paisnal. Esta última experiencia de encuentro y servicio a los indigentes marcó su ministerio en cercanía con los más olvidados y excluidos. No sólo predicaba a los campesinos oprimidos, sino que también aprendió de ellos la paciencia, la laboriosidad, el rechazo de las injusticias.

Asumió con decisión la opción por los pobres cuyas raíces están en una espiritualidad encarnada, la Palabra de Dios, el Concilio Vaticano II y su aplicación práctica expresada en el documento conclusivo de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín del año 1968. Su vida y su palabra manifestaron la dimensión profética de la fe. No era espiritualista y desencarnado, sino bien afirmado en su contexto concreto.

En su tarea pastoral promovió la participación de los laicos, hombres y mujeres. Una de sus enseñanzas: “Amigos. Volvamos al Evangelio, volvamos al pobre pueblo. Allí se nos aclara cuando se mira turbio el horizonte de nuestro camino pastoral”.

Tenía gran amistad con el Santo obispo Óscar Romero, quien vivió con profundo dolor estos asesinatos, y profundizó aún más su defensa de los desfavorecidos. Romero también fue asesinado tres años después, el 24 de marzo de 1980. Ambos son importantes referencias para la Iglesia en El Salvador y en todo el Continente de América Latina y el Caribe.

Unas cuantas veces lo habían amenazado de muerte queriendo amordazar su predicación. Pero él decía que “en el cristianismo hay que estar dispuestos a dar la propia vida en servicio por un orden justo, por salvar a los demás, por los valores del Evangelio”. También afirmó que “el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos y por más que sean hermanos Caínes que venden a Cristo, no los odiamos”. Apasionado por Jesús atestiguó que “Cristo está vivo entre nosotros, no nos congrega un muerto”.

Uno de sus biógrafos, Rodolfo Cardenal, nos recuerda que el padre Rutilio Grande decía que “la sociedad tiene que ser como una mesa grande, con manteles largos para todos, donde para todos hubiera qué comer, y un lugar donde sentarse. Esta es una metáfora del Reino de los cielos, en ese sentido tiene mucho que decir en una sociedad golpeada por la desigualdad”. ¡Qué gran actualidad en el contexto de la pandemia que pone delante tantas inequidades e injusticias!

Monseñor Romero, como signo de protesta por estos asesinatos, determinó suspender todas las misas de ese domingo, y concentrarse en una única celebración exequial en la Catedral, de la cual participaron 150 sacerdotes y más de 100.000 feligreses. En esa misa por la muerte de los tres, el santo obispo Romero dijo en su predicación: “El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo (…) Un sacerdote con sus campesinos, caminó con su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos”. (14 de marzo de 1977)

Como dijimos, en la misma ceremonia será beatificado el fraile franciscano padre Cosme Spessotto (OFM) asesinado también en El Salvador el 14 de junio de 1980 (a sus 57 años), pocos meses después del martirio de Mons. Romero. Había nacido al norte de Italia el 28 de enero de 1923. Su nombre de nacimiento fue Santí (que significa Santos), y al recibir el hábito Franciscano asumió como nombre “Cosme”, por ser uno de los primeros mártires del cristianismo. Denunció con firmeza las injusticias, asistía a las víctimas de la guerra civil, daba sepultura a los cadáveres que nadie reclamaba o reconocía. Varias veces le habían amenazado con anónimos, pero él no se dejó amedrentar. Cerca de las 19 horas, mientras rezaba antes de comenzar la misa, lo balearon delante del altar del templo de San Juan Nonualco. En su testamento espiritual había escrito poco tiempo antes: “Presiento que, de un momento a otro, personas fanáticas me pueden quitar la vida. (…) Morir mártir será una gracia que no merezco. Lavar con la sangre, vertida por Cristo, todos mis pecados, defectos y debilidades de la vida pasada, sería un don gratuito del Señor. De antemano perdono y pido al Señor la conversión de los autores de mi muerte”.

La beatificación de los cuatro mártires nos los asegura como intercesores ante el Padre, a la vez que nos muestra la radicalidad evangélica de sus vidas entregadas. Hoy seguimos estando llamados a estar cerca de los pobres y oprimidos del Continente, a caminar con ellos.

Pedimos a Dios que sean semillas de nuevos cristianos; y a los que ya lo somos, nos conceda ser apasionados por Jesús y por su pueblo.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

Continuar leyendo

Opinión

Desmitificando a Occidente. El origen del nombre Argentina.

Publicado

En

Vivimos en Argentina y tal vez muchos desconocen el origen del nombre de nuestro país, y es triste decirlo, evoca al saqueo colonialista europeo de las por entonces potencias marítimas de España y Portugal.

Antes, un poquito de historia.

Cuando los caribeños sufrieron la visita de Colón y sus secuaces en el año 1492 (según el calendario cristiano que se adopta globalmente pero que no es el único) comenzó una era de salvaje conquista española, saqueadora y genocida. 

Dicho sea de paso, España como Estado debería al menos pedir perdón por robo de tierras, tesoros y exterminio de muchos millones de seres humanos

A manera de apostilla, se discutía por esa época en la iglesia católica si nuestros pueblos originarios eran seres con alma. Sin alma eran meros animales, se podían poseer, usar, vender y eliminar. Por las dudas discutieron lo  suficiente hasta colonizar, expoliar y prácticamente extinguir las civilizaciones americanas.

¿Una barbaridad no?. Y si, porque los europeos que hoy se ven así mismos como la cuna de la civilización occidental, eran considerados “bárbaros” por los romanos, que significaba algo así como los que en vez de hablar emitían sonidos como “bar bar ó bla bla”, es decir que balbucean como animales. Para Roma eran la expresión del salvajismo, la brutalidad y la violencia desmedida.

Con los conocimientos e instrumentos tomados de Oriente, como las matemáticas, la astronomía, la brújula y el astrolabio – para medir ubicación de las estrellas en el cielo – los europeos aunaron estos con su codicia saqueadora y el despliegue militar adquirido en innumerables guerras.
No tardaron en usar las nuevas herramientas y se fueron a buscar por mar la tierra de “las Indias” de donde provenían tantos tesoros, como piedras preciosas, oro, plata, seda y utensilios exquisitos.
¿Buscaban abaratar el costo del transporte de las caravanas de camellos?. Eso es un eufemismo, una mentira. Buscaban quedarse o robarse el negocio del transporte, y luego, invadir y conquistar ese territorio. Al fin y al cabo es lo que hicieron, aún hacen y parece seguirán haciendo hasta entre sí las diferentes tribus de europa.

‘La matanza de Cholula’ de Félix Parra (1877)

En la búsqueda de riquezas ajenas Don Cristóbal y sus bandidos enfilaron al oeste esperando llegar a esas tierras “indias”, pero chocaron con este continente y empezaron la espantosa conquista.
No tardaron mucho en saber de las riquezas de oro y plata, y con ella la carnicería para quedarse con todo lo que pudieran, robarlo y llevárselo a europa, a España.

La motivación de la conquista, la colonización europea de américa, áfrica, oceanía y oriente no fue ni la evangelización, la tarea civilizadora de compartir conocimientos o la consecuencia de una simple exploración. La única motivación fue llegar a saquear y apoderarse de las tierras, los recursos tanto naturales como los de la esclavitud y los bienes de los pueblos que encontraban en su camino.
Para ello apelaron a lo peor de la codicia, al botín de guerra a repartir entre conquistadores y nobles que costaron millones de vida, la pérdida cultural insustituible y que el oro robado luciera en los palacios del viejo continente y alimentara el despegue europa como el continente más poderoso. La rapiña es su origen.

Terra agétea

El primer viaje europeo registrado que logró dar la vuelta al mundo fue el iniciado por el portugués Fernando de Magallanes al servicio del rey de España, que bordeó nuestro continente sudamericano, pasó por el estrecho que lleva su nombre y enfiló para el pacífico. Por desgracia él no fue uno de los 18 sobrevivientes de los 250 que iniciaron la travesía que se inició en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, en el sur de España en 1519. Fernando de Magallanes fallece en Filipinas y quien completa el rodeo de la India y África para llegar a España en 1522 fue el español Juan Sebastián Elcano.

Comenzaron a aparecer los mapas globales, los mapamundi, siendo los portugueses los más prestigiosos cartógrafos, uno de ellos Lopo Homen en 1554  hizo uno donde motivado por las historias de minas de plata al sur del imperio Inca llamó a esta zona del planeta como Terra agétea o argentea, que proviene del latin “argentum” que significa plata. Nos describió como la “Tierra de la Plata”.

Se suponía que esta era la zona donde estaban las sierras llenas del metal precioso y eso impulsó a los españoles a ganar la carrera rapiñezca y llegar primero a las costas de lo que se llamó “el Río de la Plata”.

En 1601 un español llamado Martín del Barco Centenera escribió un poema que narra de manera épica la conquista de sudamérica y que contiene varios datos de la realidad de aquellos años. A esa publicación la tituló: La Argentina y conquista del Río de la Plata.

La popularidad del libro en el momento de su publicación influyó decisivamente para que fuera habitual denominar como la Argentina a la región que se extiende entre el Océano Atlántico Sur y los Andes en torno al Río de la Plata. Ese nombre fue finalmente adoptado como propio por el país que actualmente se denomina República Argentina”, según Wikipedia.

La rapiña motivacional

La intención de este primer artículo es comenzar a entender las motivaciones reales detrás de la primera campaña global registrada de conquista y rapiña ejecutada por tribus devenidas en naciones que nunca dejaron de pelear entre sí y que hoy llamamos europa.
Aunque España inició esta carrera y se convirtió por un tiempo en la primer potencia de la zona, luego Francia e Inglaterra dominarían la escena siendo triunfante la tribu anglosajona como Reino Unido hasta la segunda guerra mundial y luego como Estados Unidos.

¿Suena chocante que le llamemos tribus? 

Tribu es la manera que los conquistadores despectivamente siempre utilizaron para con las sociedades y organizaciones que ellos conquistaron y consideraron primitivas.
El uso de esta terminología es calco de lo que sus “papás romanos” le hicieran como bullying y se utiliza para reforzar la idea de la superioridad de la “civilización” y el merecimiento del conquistador de obtener los beneficios de la colonización por su supremacía, incluida la racial. Esto está en el ADN de  la cultura occidental, nos impregna por todos lados y es preciso utilizar este recurso lingüístico para exponerlo.
Occidente se comporta como él mismo describe a las tribus, solo que ahora en vez de “seres primitivos con garrotes” son salvajes con misiles y armas nucleares.

Una observación necesaria

Las sociedades no son homogéneas, hay sectores dentro de la misma y para todos es visible que unos tienen más poder económico que otros. Estos sectores o clases más pudientes son los que tienen el llamado “poder real” y en las épocas de las que hablamos eran señores feudales, esclavistas, nobles y reyes.
Los pueblos oprimidos de europa son víctimas, no son responsables de las consecuencias de las conquistas y las guerras, del saqueo o los genocidios que si son culpa de sus élites económicas y gobernantes. Cuando mencionamos a una tribu o nación, la referencia es hacia quienes dominan y a quienes por codicia y mezquindad se suman a las atrocidades independientemente de su origen social.

Volviendo a Argentina

Si alguno se pregunta qué tiene que ver esto con el nombre de nuestro país, la respuesta es que todo. No sólo nuestro nombre es por el punto en el GPS medieval que marca dónde creían se encontraba la plata que hay que saquear, sino porque la cultura dominante, la de la clases poderosas que moldearon este país, nos dice que bajamos de los barcos y por lo tanto somos una digna tribu superior y europea.
Invisibiliza la conquista, oculta la masacre, el despojo, los etnicidios y oculta hasta nuestro mestizaje potenciando la discriminación y el racismo.

Somos Argentina, la tierra de la plata, tierra de riquezas que debería dejar de ser objeto del saqueo que continúa con otras formas y dar frutos para nuestro pueblo diverso, multi étnico, plurinacional y hermoso.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

Continuar leyendo

Opinión

Vacaciones, amigos, familia y solidaridad.

Publicado

En

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

En verano hace más calor y eso nos obliga a andar más despacio.

También es un tiempo de receso de la actividad escolar, con todo lo que eso implica para el ritmo de vida familiar. Los chicos no necesitan levantarse tan temprano, no hay que luchar para que no lleguen tarde al colegio. No hay que arrancar a las corridas todos los días.

Y si los hijos son más grandes, están con mayor disponibilidad horaria, y aprovechan a salir con amigos. Los adultos andamos un poco menos acelerados. Algunos papás y mamás es probable que también tengan unos días de vacaciones del trabajo cotidiano.

Es un tiempo oportuno para fortalecer los lazos familiares y hacer varias cosas para las cuales durante el año nos cuesta encontrar los momentos propicios. Es bueno proponerse aprovechar el espacio en cuestiones concretas: jugar en familia, visitar amigos o familiares que hace tiempo no vemos, salir a pasear juntos. También es bueno disponerse a leer un libro que nos enriquezca el alma.

Dependiendo del lugar en el cual nos encontremos podemos contemplar la obra creada por Dios. El Papa Benedicto XVI decía que el mundo es como un libro escrito por Dios para hacernos llegar su mensaje de amor. La belleza de las montañas, los lagos, los ríos, el mar, o una arboleda en el parque nos pueden ayudar a dar gracias a Dios por la creación.

Tenemos que evitar caer en la tentación de que cada uno esté en su mundo, sin compartir momentos en comunión. Al tener más tiempo el riesgo está en dejarnos absorber por la televisión, el celular, la computadora.

Es importante fomentar espacios de convivencia en los cuales haya momentos largos para el diálogo, compartir anhelos, proyectos, fracasos…

Son oportunidades para abrir el corazón y dar el tiempo a otros cercanos en el afecto.

Nos dice Francisco que “el pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. En esa familia grande puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan un consuelo. El individualismo de estos tiempos a veces lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro molesto. Sin embargo, ese aislamiento no brinda más paz y felicidad, sino que cierra el corazón de la familia y la priva de la amplitud de la existencia”. (AL 187)

He conocido muchas familias que aprovechan las vacaciones para salir a misionar, realizar alguna tarea solidaria con los más pobres. Una manera hermosa de acercarse a quienes esperan una palabra de aliento.

Aprovechar el tiempo en el servicio a los demás es una manera de ganarlo.  Ante la presencia en los diarios y en los noticieros (a veces con insistencia) de personas que hacen daño al prójimo, a la creación y a sí mismos, se nos puede pasar por alto tanta generosidad en muchos más. El otro día escuchaba a un sacerdote que predicaba “hace más ruido un árbol que cae en el bosque, que los miles que van creciendo en ese mismo momento”.

Hay gente buena que no se destaca ni brilla. Las mamás que educan a sus hijos, les tratan con ternura, les enseñan a decir la verdad… Los abuelos y abuelas que cuidan a sus nietos. Vecinos que se ayudan y acompañan. Enfermos que son asistidos por sus familiares y amigos. “La santidad de la puerta de al lado”, como le llama Francisco.

Gente que en medio de un clima egoísta e individualista no mira más allá del metro cuadrado que ocupa. Son buenos ejemplos que arrastran y conmueven, interpelan y cuestionan la tibieza imperante. Unos cuantos se ponen de acuerdo para hacer el bien desde los movimientos sociales, las organizaciones no gubernamentales, las cooperativas…

Quisiera resaltar de modo particular a los grupos misioneros que durante el verano se multiplican por todo el País. Entre sus miembros hay algunos adultos, familias, religiosos, sacerdotes, diáconos, pero en su mayoría son jóvenes. Ellos dedican parte de sus vacaciones (o todos los días que disponen) para ir al encuentro de otros, en general a lugares pobres. Encarnan el pedido de Francisco de ser “Iglesia en salida, pobre y para los pobres”.

Algunos se dedican a servicios solidarios de trabajo manual: construir o arreglar casas, pintar escuelas o centros de salud, reparar capillas o centros de catequesis.

En las vacaciones demos tiempo y vida a la familia, los amigos y la solidaridad.

El pasado 15 de enero, se conmemoró un nuevo aniversario del terremoto de 1944, en San Juan. Según relatos de aquel tiempo, en torno a las 20.50 se produjo la mayor tragedia del pueblo argentino. Un par de minutos interminables. Se consignan 10.000 muertos y miles de heridos, junto con la destrucción casi por completo de la ciudad.

Viendo fotos de edificios derrumbados emerge el sentimiento de desolación de tantas familias y de toda una comunidad. Una dolorosa experiencia que queda grabada en la memoria colectiva de los sanjuaninos. Y hace un año, el 18 de enero, hubo otro temblor que hizo vivir horas de angustia e incertidumbre, destruyendo viviendas de los más pobres. Renovemos el compromiso y la oración.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

Foto: tiempodesanjuan

Continuar leyendo

Continuar leyendo