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Sociedad Relatos de Vida

Luciano Castro el proteccionista sanjuanino: “En cada rescate renace una nueva vida”.

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Ahora San Juan tuvo la oportunidad de conocer a un sanjuanino que día a día lucha por los animales. Su nombre aparece en cada publicación de Facebook donde se solicita ayuda para rescatar a un animal del maltrato. Su amor por los animales, su fortaleza para acompañar a cada uno en su recuperación hacen de este sanjuanino el proteccionista más reconocido de la provincia.

“Mi actividad como proteccionista surge debido a tres perritos que tiraron en la puerta de mi casa” recuerda Luciano “sin yo saber las páginas que habían para ofrecerlos en adopción, sin saber lo que era dar en adopción un animalito a alguien responsable” reconoce y agrega que “producto de que me tiran esos animalitos, me los abandonan, decido unirme a las páginas y ahí me empecé a interiorizar en el maltrato que hay en San Juan, en el abandono”.

A partir de ese momento, Luciano comenzó a rescatar más animalitos “cuando no fue un perrito fue un gatito”, su gran corazón y su fuerte compromiso para ayudar a los animalitos hicieron que Luciano sea hoy uno de los proteccionistas mas reconocidos en San Juan.

“Así inicié yo, con tres perritos que abandonaron en la puerta de mi casa, buscando hogares responsables, gente que se pueda hacer cargo de ellos como corresponde. Me empecé a interiorizar en el tema” recuerda Luciano y remarca que “hace fácil 7 años que estoy en esto“.

Durante esos 7 años, Luciano vio dolor, injusticia y tristeza en cada uno de los animalitos que rescataba. “Es triste saber que puede existir tanta gente mala y perversa” denuncia Luciano.

Hoy como uno de los proteccionistas más importantes de la provincia explica que “El rescatar un animal de la calle o con dueño que lo tiene maltratado o en malas condiciones no tiene precio, es algo que no tiene valor” y agrega “la tristeza que los animalitos cargan cuando están en ese maltrato, en ese abandono y cuando uno los rescata y los tiene en guarda o se paga una guardería, con alimentos, con los cuidados necesarios, te van brindando un amor que no tiene precio, van cambiando la mirada de sus ojos. Es algo muy lindo“.

Con su larga trayectoria como proteccionista de animales, Luciano calcula que “He rescatado a más de 400 animales, entre cachorros, adultos y ancianos” y agrega que “Rescato cualquier animal que este en peligro. He rescatado conejos, pollitos, una pumita, caballitos. He rescatado en lo que llevo de mi vida a varios animales”.

De todos los rescates, Luciano comenta 3 casos que han sido muy conmovedores:

“Uno es una pumita que la rescaté en Caucete. La tenían en cautiverio en un gallinero, muerta de hambre, llena de garrapatas, desnutrida” comenta Luciano y agrega que “la cambiaban por un benteveo, por un pájaro”. El rescate de esta pumita es denominado “Rescate del pájaro fantasma”.

“Nos contactamos con ellos y le dijimos que teníamos un pájaro para cambiarle. Obviamente el pájaro no fue nunca en la jaula pero ellos se creyeron eso. Hicimos la denuncia en la comisaría y logré rescatar esa pumita” explica Luciano.

“Hoy la pumita esta en el Parque Faunístico. Ella esta ahí, vive ahí y es muy bien cuidada” dice Luciano.

El segundo caso que conmueve a Luciano es el de “Polo, un perro que lo habían abandonado en Albardón. Estuvo aproximadamente 15 o 20 días deambulando por un barrio, en un estado famélico de desnutrición, hipotérmico y lastimado”.

“El perro se estaba muriendo cuando me dieron aviso. Lo tuve fácil un mes en recuperación y costó muchísimo porque le teníamos que dar agua con jeringa y no quería comer” recuerda Luciano y reconoce que “Polo es un perro que marcó mi vida y ahora Polo corre, salta y juega muy feliz”.

El tercer caso es de una perrita “que he rescatado hace poco y también marco mi historia” explica Luciano. “La perrita había sido llevada a la veterinaria y desde la veterinaria dijeron que había sido esterilizada pero tres meses después la perra queda preñada”.

“La perra empieza con el tema de la gestación del embarazo y se le necrosaron en su útero todos los bebés” explica Luciano y comenta que esta perrita “tiene 12 bebés y va a una cesárea de urgencia pero lamentablemente los 12 bebés mueren”. La triste historia de esta perrita empeora cuando Luciano comenta que “era una perrita callejera totalmente ciega que vivía en la cuadra de los vecinos de Rawson”.

Hoy Luciano explica que “la perrita esta en resguardo en una guardería” para sanar tanto dolor y sufrimiento que vivió y poder tener una segunda oportunidad de vida.

Ante cada animalito que Luciano tuvo que rescatar, siempre sintió en su corazón “angustia, odio, se mezcla todo junto” y explica que “produce amargura ver la gravedad, el estado en que se encuentran los animales que rescatamos”. En su voz se puede escuchar la impotencia cuando señala “la insensibilidad de la gente, el no tener un corazón como para alimentarlos, tenerlos encadenados a la intemperie y desnutridos”.

Sin embargo, Luciano destaca que “en cada rescate renace una nueva vida. Es un proceso largo, de meses que con cariño y amor vuelve a florecer un cachorro en un animalito tan maltratado y le cambia la vida”.

Luciano cuenta que tiene su pequeño equipo para realizar los rescates de los animales “somos tres personas y hacemos los rescates. Tengo varios veterinarios que saben el trabajo que realizamos, le mandamos los animales, se los llevamos, ellos muy bondadosamente los atienden los medican”. Luciano explica que “si se puede se paga de inmediato y sino pedimos colaboración y le cancelamos la cuenta a los veterinarios”

El pedido de colaboración surge cuando la deuda en la veterinaria no se puede pagar de manera inmediata y hay que recurrir a la solidaridad de las personas. “La gente te colabora siempre, te manda 200, 300, 500 pesos” remarca este proteccionista y destaca que “cuesta un poquito cancelar las deudas pero se cancelan, siempre hay gente que nos esta colaborando para los casos que tomamos”.

En cada uno de los rescates que realizó, Luciano destaca el accionar de la policía a la hora de realizar la denuncia por maltrato animal “he tenido el apoyo que he necesitado de las distintas comisarias e incluso de la policía ecológica. Cuando he necesitado el apoyo lo he tenido y han actuado de inmediato”.

Este gran proteccionista también destaca el compromiso de la gente, “hay mucho compromiso de la gente, ahora sacan una foto la publican en las redes sociales o incluso me llaman para pedir asesoramiento y hacer una denuncia o para rescates” y agrega que “hay más conciencia sobre la gente, la gente trata de ayudar con denuncias, con tránsito con adopciones” pero lamentablemente “no deja de haber maltrato”, explica Luciano.

A pesar del accionar de la gente y de la policía en asumir un compromiso para poner fin al maltrato animal, Luciano explica que desde el ámbito legal la situación esta muy descomprometida. “Cuando una causa cae al juzgado, lamentablemente archivan la causa y nunca tenemos una sentencia“.

“Cuando hacemos una denuncia por maltrato, que tenemos todas las pruebas, lamentablemente desde el juzgado archivan las causa y lamentablemente no tenemos ninguna respuesta” finaliza Luciano sin perder la esperanza de que algún día el ámbito legal se comprometa con los derechos de los animales.

  • Si sos testigo de maltrato animal hace la denuncia en la comisaria más cercana.

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Naty Legrand, profe de bici, peluquera y madre sanjuanina. El deporte como vehículo de ayuda a los demás.

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Natalia Erica Legrand, “Naty”, lleva más de treinta años pasando por gimnasios. A sus 48 aparenta muchos menos, tanto por el deporte como por su actitud hacia la vida. Ahora compagina clases de Indoor cycling y Gap a las mañanas; y peluquería-estética a la tarde. Además de madre a tiempo completo. Desde Ahora San Juan nos acercamos a conversar con ella, a aprender de sus vivencias y de su fortaleza. Hablamos de la importancia del deporte para la salud mental ahora que en estos tiempos todo parece estar en crisis.

Por Antonio Morente.

Naty empezó haciendo patín carrera con doce años, cuando la llevaba su papá. “Un sacrificio enorme que tuvo que hacer mi papá para comprarme los patines”, recuerda con cariño. Estuvo unos años, después paso por el básquet y hockey sobre césped, hasta que con quince años llega por primera vez a un gimnasio. “En aquella época no se estilaba que mujeres a mi edad hicieran aparatos en musculación. Ahora veo cómo va cambiando la mentalidad” observa.

Con el tiempo llega a hacer el instructorado de aeróbica. Un día prueba clases de bici, Indoor cycling. Le gusta tanto que decide que se quiere formar en ello. Lo hace y poco después ya comienza de profesora, ya son más de 20 años sobre una bicicleta dando clases.

En algunas épocas ha combinado las clases de bicicleta con natación o gimnasia acuática. Bajarse de la bici, ir a la pileta y continuar. Con el tremendo esfuerzo que eso supone. Incluso en muchas ocasiones ha encadenado una clase con otra de bicicleta, y los que hayan probado alguna vez saben de la energía que requiere dar una sola hora a la mayor intensidad. Porque en esto no es que el profesor descansa mientras los demás son los que hacen el esfuerzo, sino que el profesor ha de vivir la clase y hacerla dando el ejemplo, poniéndole más ganas que nadie y sumándole los gritos para dar indicaciones y motivar a los alumnos.

“El deporte para mí era como una pasión, era como levantarme y lavarme los dientes. No me podía faltar. No era tedioso para nada, era un placer” aclara. Ya antes de instructora y de trabajar en gimnasios, Naty se formó de peluquera. Y esa ha sido su principal fuente de ingresos. Aunque reconoce que ama la actividad física, señala la dificultad de poder vivir únicamente con ese trabajo. “Lo hacemos por apasionados, pero tristemente no da para todo”, señala Naty que a nivel provincial deberían estar mucho mejor valorados los instructores.

Un tiempo estuvo trabajando de secretaria y administrativa en una obra social, lo cual terminó dejando. El problema suponía cuando fue mamá y tener que cuidar a sus hijos. Lo que trabajaba lo tenía que gastar en pagar a alguien para que cuidara a su hija, así que se decidió por la peluquería. Se montó su propia peluquería en su casa y así podía estar con sus hijos mientras trabajaba.

Ya con tres hijos y cuando empezaron a ir a la escuela, decide compaginar gimnasio y peluquería. A la mañana a dar clases y a entrenar, a la tarde dedicarse a la estética y cortar pelo. Todo eso unido a todo el trabajo que supone ser madre, aquellos cuidados a veces invisibilizados porque no se puede medir en ingreso económico, pero que realmente son lo más importante.

Naty tiene cuatro hijos. Se separó hace nueve años. Una hija de 23 años, y tres varones de 19, 17 y diez años el más chico. Advirtió que cada vez fue teniendo menos ayuda del padre de sus hijos, y que tuvo que hacerse cargo ella de todo. Y explicó que no solo en lo económico, sino también en todo lo que implica la crianza. Si tengo que decir que tengo el apoyo de mi familia a morir. Mucho apoyo, siempre lo he tenido”, reconoce Naty.

No es fácil, no se me hace fácil. Pero la llevo, la llevo”, confiesa.  “Siempre le digo a mis alumnos y a los clientes de la peluquería, o a cualquiera, que si yo no hiciera actividad física estaría con una depresión de estar tirada en la cama”. Acá hablamos de los beneficios del deporte para el bienestar general. No solo físico, sino también mental. Para todo el mundo, pero también conversamos sobre lo importante que puede ser para los adolescentes, a raíz de los problemas que están saliendo a la luz últimamente. Con todos los peligros que pueden rondar a una edad en la que se dan tantos cambios en la persona, la actividad física puede convertirse en un pilar fundamental para mejorar la salud. El deporte puede dar una estabilidad más que necesaria cuando todo alrededor se tambalea. Naty lo sabe, ella lo toma como su propia terapia y predica con el ejemplo. No solo para sí misma, sino que intenta motivar y alegrar a aquellos que vienen a su clase. Es envidiable, porque pase lo que pase en la vida de Naty, ella llega con una sonrisa a primera hora de la mañana y da la clase con toda la energía del mundo.

Porque cuando las cosas no andan bien es difícil encontrar la fuerza o las ganas para darlo todo físicamente. Naty se acuerda que en las épocas en que ha estado muy mal: “estaba triste mal, con la cara llena de lágrimas y tener que ir a dar clase. Bajarme del auto y decir: ‘hay que cambiar la cara, hay que ponerle ganas’ a pesar de todo lo malo. Entrar al gimnasio, cerrar los ojos y contar hasta veinte. Subirme a la bici y ‘aquí no ha pasado nada’, que nadie se diera cuenta de lo mal que estaba. Y así un tiempo, hasta que poco a poco fui saliendo.”

Es admirable esa fortaleza, disciplina y esfuerzo. Para Naty no sólo es hacer que en sus clases pedaleen o que transpiren: “yo intento hacerles sentir lo que siento yo sobre la bici, que lo disfruten como lo hago yo”. Cierto es que lo consigue. Y contó que constantemente sus alumnos le agradecen el impacto positivo que ha tenido en sus vidas. Cada vez que Naty ha cambiado de gimnasio siempre hubo alumnos que la siguieron, y que buscaron sus clases.

Conversamos con ella sobre cómo ese mecanismo la ayudó tanto, a empujarse a sí misma y a sentirse bien sobre la bici. Que esa hora la disfrute como siempre, buscar a esa Naty que aprovecha ganarle terreno a su versión que sufriendo. Lo que vendría a ser un mecanismo de la psicología conductual de lo más efectivo. Le tiembla la voz contando que la única vez que quebré fue cuando falleció mi papá, que para mí ha sido lo más duro, una pérdida tremenda. Se tomó unos días, pero una semana después ya estaba de vuelta sobre la bici, “él ya no estaba y yo tenía que seguir. Sé que él lo hubiese querido así”, recuerda con tristeza Naty.

Le apasiona trabajar de profe de bici, pero no solamente por los beneficios en el plano individual, sino colectivo. “La satisfacción que da que alguien te diga que lo estás ayudando, que una alumna, por ejemplo, te diga: ‘Naty empecé el gimnasio y tomaba pastillas para dormir, pastillas para la depresión, pastillas para los ataques de pánico’ y que te agarre de las manos y te digan: ‘gracias Naty porque ya dejé de tomar la pastilla para la depresón, la pastilla para dormir, …’. Te hacen sentir tan importante para la vida de las personas, tan bien…”, relata con orgullo. Rosalía, una de las alumnas que lleva con ella mucho tiempo, le dice siempre: “Naty sos mi medicina”.

Ayudar es un valor fundamental según ella. Porque no se limita solamente a dar clase, las mayoría de las veces se queda conversando con alguna alumna que tal vez está atravesando un mal momento. Naty siempre presta su apoyo, algunos pueden pensar que es cargarse negativamente, pero no es así: “no me hace mal que las personas me cuenten cosas malas, no me hace daño, todo lo contrario. Me hace bien, porque siento que estoy ayudando a esa persona, y eso es muy lindo”. Es más, Naty subraya una de sus premisas fundamentales: “Yo siempre dije que hay que ser humilde. No ponerte por encima en el lugar de profe, tenés que estar a la par, la humildad es muy importante en la persona. Porque es un ida y vuelta, yo no soy más que nadie. Si puedo ayudar: lo hago; y de toda persona aprendo”.

Naty trabaja a la mañana en un gimnasio, cuando acaba va a comprar la comida y cocina para sus hijos. A la tarde trabaja en la peluquería. Intenta enseñarles a sus hijos a esforzarse: “Yo les digo que puede que no tenga ganas, o que esté cansada, pero que igual hago el sacrificio porque es para todos”, dice. Predica con el ejemplo e intenta demostrar con sus acciones, puede que no sea perfecta, pero intento llevarlos por ese camino de la responsabilidad.

En la peluquería y estética ofrecen todo tipo de servicios, porque Naty ha seguido siempre haciendo una amplia variedad de cursos. Nunca ha dejado de formarse. Y también tiene muchas inquietudes de cosas que le gustaría aprender. Los límites los pone uno” afirma tajantemente Naty. “La vida sigue, y voy a seguir haciendo cosas y aprendiendo cosas”.

Cualquier mañana si uno va por la calle Tucumán, un poquito antes de la plaza Trinidad, puede ver a Naty en el gimnasio Fitness Center dando gritos para animar su clase, e iluminando con esa sonrisa que siempre lleva puesta. Sino en las tardes en su estética en Santa Lucía. Porque Naty sigue peleándola y pedaleándola a cómo venga la vida, lo que sea necesario por sus hijos, y ayudando a todo aquel que se le acerque.

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El silencio de un compañero para sobrevivir, otro pedacito de vida del sanjuanino Eduardo Maza.

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Ahora San Juan tiene una historia en el tintero, una parte del extenso y rico relato de Eduardo Maza, el trabajador del Matadero. El hombre, involucrado en la lucha social desde siempre, un poco por su historia y otro por las experiencias de vida.
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El 5 de febrero de 1976 cambió para siempre la vida de un joven de 20 años con convicciones firmes que debió doblegar su sentir y pensar con el fin de cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. “Mi militancia siempre estuvo del lado de la justicia” alega Eduardo. “Mi viejo siempre me decía: usted siempre busque la justicia, sea justo” y así fue.

Sabiendo todas las atrocidades que se habían cometido, hasta con compañeros míos que los desaparecieron. Nosotros lo sabíamos, teníamos una consigna que era mantener silencio. Porque íbamos a ir a un lugar peligroso”, relata con un sesgo de angustia en su voz el hoy hombre adulto. “En aquel momento fue terrible para mí y para otros compañeros”, resalta Eduardo.

Recuerdo a un amigo, estudiante de medicina de aquel entonces, con el que nos enlistaron para el servicio militar. Para nosotros era muy duro. Con este amigo nos mandaron para Tucumán, en una compañía particularmente creada para ese destino. Nos fuimos el 9 de mayo y volvimos a fines de julio, en condiciones infrahumanas. Desde que nos llevaron con borceguís de suela, a la semana ya no teníamos calzado, nos los atábamos con alambre. El ejército no nos proveía de esos elementos, los hongos eran lo de menos. Cuando volvimos de Tucumán estuvimos acá y nos hacían hacer operativos de noche, muy feo fue”, cuenta haciendo notar que el recuerdo sigue intacto en su mente.

“La dictadura para mí fue lo más cruel que pude ver y vivirlo desde adentro como soldado con una ideología completamente diferente y no poder hacer nada. Ver cómo detenían a compañeros, los buscaban, registraban sus casas. Nosotros como soldados estábamos afuera, no entrábamos nunca, los que lo hacían eran oficiales y suboficiales. Al soldado lo llevaban para mirar y hacer pantalla”, resalta.

La gente estaba aterrorizada, nadie les iba a hacer ni decir nada”, subraya cómo aquello que sentía el común de la sociedad por aquel entonces.

Donde estaban las oficinas de inteligencia nos ponían a nosotros de plantón en la noche a cuidar. Todas esas cosas las tengo grabadas como la canción de León Gieco “grabado en la memoria””.

Eduardo Maza junto al Sec. Gral. de la CGT San Juan Ubaldo Montaño

Cuando iba camino al fin, la luz al final del túnel, recuerda la siguiente situación: ” un día nos llevaron al dique de Ullum, medio como de castigo porque ya había poca actividad. Justo veo una máquina desarmada y reconozco una de las personas que la estaba arreglando, era mi tío que no me veía hace años, de mi familia fui el único que hizo el servicio. Fue un encuentro muy lindo y me dijo “el día que usted le den la baja acá tiene trabajo”’, fueron las palabras de aquel familiar que lo ayudo a rearmarse.

Un tiempo después de ese encuentro llamaron a un grupo de soldados, entre los que estuvo Eduardo, para darle la baja. “Te hemos visto una actitud muy buena, todo el tiempo estando acá, hiciste lo que cualquier soldado hace, te mantuviste neutral en todo momento, te mantuviste en el montón”, dice al remontarse a aquel momento.

En verdad, en palabras de este hombre lo que hizo no fue más que realizar sus verdaderos ideales. “Era nuestra consigna, la teníamos que cumplir, con dolor callarnos. Sufrir en silencio porque yo veía como sufrían mis compañeros con los que manejábamos las mismas ideas, nuestros mismos principios: ¿Cómo revelarme ante el verdugo? Era imposible, era un suicidio”.

“Se conocían de las muertes de soldados que en verdad eran militantes y no estaban nada de acuerdo con la dictadura y bueno, eso hacía que nosotros guardemos silencio”, revive.

Si me iba de baja tenía que llevarme la libreta para ir a trabajar al dique, la baja para mí era como tocar el cielo con las manos”.

Así es como me dieron la baja de honor, me dan la libreta en la mano y la bolsita de ropa, con nada de cosas y pienso “dónde está mi norte”. Yo volví al dique, caminando. Donde me reencontré con mi tío y empezó mi nueva etapa, trabajando en el dique de Ullum, donde empieza el inicio de mi vida sindical”, fue el final de una etapa que abrió puertas inimaginables.

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Sociedad Relatos de Vida

María la vendedora ambulante que recorre las calles de San Juan ofreciendo sus productos caseros.

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La informalidad laboral es uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta el país; esta problemática involucra varios temas, pero el que más se destaca es el de los riesgos a los que se exponen los trabajadores para conseguir un ingreso mínimo para subsistir. “Esto es una lucha de día a día” dice María una vendedora ambulante.

María es una vendedora ambulante que sale todos los días a vender semitas, pan casero, pan de naranja, prepizzas y hasta dulce. Con su bicicleta cargada de productos caseros, María recorre todo San Juan rogándole a Dios poder vender todos sus productos para llevar a casa la plata que tanta falta hace.

“Trabajo toda la noche y cuando cargo mis productos, salgo a la calle a trabajar, a recorrer hasta donde pueda mi cuerpo” comenta María y explica lo difícil que es trabajar cuando se arrastran problemas de salud “Tengo una trombosis en la pierna, se me ha cortado la vista, se me ha estado cayendo el pelo y ahí estoy, todos los días me levanto y le pido a Dios “Dios mío que venda todo rápido”, porque “es difícil trabajar teniendo estos problemas de salud“.

“Los otros días me vio un doctor y me dice “¿tiene obra social?” y yo le digo “no” y el doctor me dice que “30 mil pesos sale” hacerme ver y hacerme los estudios porque me duele acá” cuenta María mientras se toca la parte baja de la espalda. “Yo no tengo la plata para hacerme los tratamientos” se lamenta María.

Hace 8 años que trabajo en la calle y gracias a Dios, porque soy católica, puedo vender pan, semita, dulce y puedo llevar a la casa la plata que tanto nos hace falta” comenta María y agrega que “El padre de mi hijo, se enoja conmigo porque me ve trabajar, él es jubilado, pero no alcanza, no nos alcanza y yo salgo a la calle a “pucherear” a sacarla”. Ganar un par de pesos para poder vivir dignamente es el desafío que María enfrenta todos los días.

“Siempre le pido a Dios “Dios mío que venda rápido las cosas” porque tengo miedo, tengo miedo a los asaltos, la calle es bastante peligrosa y yo tengo miedo, pero lo hago porque es mi trabajo y no tengo otra cosa” dice María y expone la dura situación que atraviesan los vendedores ambulantes y el doble peligro que implica para las mujeres.

“Yo vivo cerca del Estadio de Pocito, atrás, en la calle 5 y ruta 40, he andado por la ruta rápida, ahí tuve un encontronazo con tres personas” comenta María y explica que “a raíz de eso perdí mis dientes porque me golpearon la boca, nunca recuperé nada”. “Pero yo soy una mujer luchadora y no bajo los brazos” afirma María.

“Ayer me ha tocado trabajar con viento zonda y he trabajado todo el día, ayer se me bajo un poco la presión y me tuve que comprar una coca porque se me había nublado hasta la vista y bueno es mi lucha del día a día” remarca María.

María cuenta que tiene un hijo que está estudiando, “estoy orgullosa de él, pero él no está orgulloso de mi, pero bueno a mí no me dio la cabeza para estudiar, yo llegué hasta segundo año y tuve que dejar” explica María sin dar tantos detalles de su pasado, pero si los suficientes para entender que a sus espaldas carga los recuerdos de una infancia difícil.

“Mi mamá tuvo un accidente y ella no sabía nada de su vida, perdió el conocimiento” recuerda María y regresa en el tiempo cuando su infancia empezó a doler. “Yo tenía 7 años, yo tuve que vivir con una familia por parte de mi papá, y me trataban mal, me tiraban el pelo, me daban mal de comer” cuenta María y agrega que tanto sufrimiento lo mantuvo en silencio “porque me amenazaban”.

“Yo me arrepiento muchísimo de no haber podido estudiar” se lamenta María y explica que “Cuando los chicos y las chicas se me acercan para comprarme las semitas, siempre les digo que tienen que estudiar porque yo no lo pude hacer, yo no lo logré“. Sin embargo, María con fuerza remarca que “Acá estoy, salgo a trabajar decentemente a la calle, ya no sé cómo trabajar, cómo vender, cómo seguir porque ya no me da el cuerpo, pero acá estoy trabajando”.

“Esto es así, así es mi día, así es mi vida y doy gracias” dice María una vendedora ambulante que recorre las calles de San Juan con una bicicleta cargada de semitas, pan casero, pan de naranja, prepizzas y dulces para vender.

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