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Opinión

Peregrinos de San Cayetano, suplicamos.

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Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina) y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

Los Santos son amigos de Jesús y de nosotros, su pueblo. Tienen la misión de rezar por lo que nos hace falta, acercar nuestras peticiones al corazón del Buen Pastor.

El ejemplo de su vida entregada nos estimula para crecer en fidelidad a la Palabra de Dios. Son como los faros en la noche que nos muestran el camino seguro para llegar al puerto que deseamos.

San Cayetano es uno de los Santos más conocidos, y del cual se han multiplicado capillas y centros de culto en diversos lugares del país.

Cada 7 de agosto en el Santuario Mayor del barrio de Liniers en Buenos Aires se elabora un lema para ayudar en la oración a los peregrinos. El de este año comienza reconociendo la cercanía del Santo: “Gracias, San Cayetano, por acompañarnos”. Expresa confianza y, a la vez, da testimonio de la experiencia de tenerlo como compañero de camino. Acompañar es algo muy especial. Implica hacer caminos juntos, pero no reemplaza la marcha que cada uno debe realizar. Tampoco mira nuestra vida desde afuera, como si fuera un director técnico.

Con esta experiencia nos animamos a pedir lo que necesitamos, no sólo para cada uno, sino para la familia, el barrio, la patria. “Ayudanos a cuidarnos como hermanos”, finaliza el lema. Cuidar ante la agresión, ante las injusticias, ante la incomprensión. Muchas familias viven a la intemperie, tienen viviendas sumamente precarias. Comen salteado y pasan hambre. Hace falta cuidar del hambre y la miseria que dejan secuelas irreparables.

Encontramos cada vez más gente con la vida rota en mil pedazos, como cuando se rompe el vidrio de un auto. La tarea de recomponer parece imposible y nos puede ganar el desaliento. Por eso pedimos con insistencia, “ayudanos a cuidarnos como hermanos”, que no dejemos crecer la indiferencia ante el sufrimiento.

Opinión

La Rebelión de las Creaturas.

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Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

El Planeta sufre. Hay vida que se está enfermando y destruyendo. Está en riesgo la existencia humana y todo lo que forma parte de nuestra casa común.

Nos encontramos ante un gravísimo deterioro ambiental por donde lo miremos: océanos saqueados, ríos contaminados, praderas desertificadas, bosques talados sin regulación y pérdida permanente de biodiversidad. Huracanes, tormentas y sequías.Retracción y disminución de glaciares; y los polos del norte y el sur también se están derritiendo provocando la suba en el nivel de los océanos. No se pone límite al aumento de la temperatura global; el último verano en el hemisferio norte fue sumamente caluroso. Una parte de la humanidad no quiere reconocer los límites de la creación. Tienen como meta extraer hasta agotar, consumir hasta el hartazgo. A su vez debemos decir que no todos en el Planeta tienen la misma responsabilidad: No tiene la misma incidencia un país europeo que otro africano.

No hay acceso equitativo al agua y a las fuentes de energía. El 20% de la población mundial consume el 80% de energía disponible; y la misma asimetría se refleja en los alimentos. Son síntomas de pecado: desprecio de la obra de Dios y cosificación de las personas.

Nos enseñaba el Papa Benedicto XVI que “el modo en que la humanidad trata el medio ambiente influye en el modo en que se trata a sí misma y viceversa” (CiV 51). Cada vez nos alejamos más del “homo sapiens” (hombre sabio) y nos acercamos al “nescius”, según el diccionario: terco, torpe, porfiado, obtuso.

Para la tradición religiosa judeo-cristiana: la creación es un don de Dios. También compartimos una mirada semejante con la espiritualidad de aborígenes.

Es imperioso caer en la cuenta de que el Planeta es casa de la familia humana. El próximo martes 4 de octubre celebramos la fiesta de San Francisco de Asís. No solo tuvo una vida de pobreza y sencillez, sino que nos enseña un vínculo renovado con la creación: el hermano Sol, la hermana Agua, la hermana Tierra.

Debemos cuidar la Justicia intergeneracional. NO podemos dejar de lado los derechos de las próximas generaciones. Para ello es fundamental promover el valor de la sobriedad en el estilo de vida.

En los próximos meses se desarrollarán dos importantes cumbres mundiales.

La primera será en Egipto en noviembre de 2022. La COP 27 sobre el cambio climático buscará vigorizar acuerdos para reducir el consumo de combustibles fósiles. También se propone fortalecer compromisos para no seguir aumentando la temperatura global debido al uso de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas).

La segunda: la COP 15 en el mes de diciembre en Canadá, sobre biodiversidad para detener la extinción de especies y la destrucción de los sistemas ecológicos.

Algunos gobiernos ponen piloto automático y se desentienden del compromiso, o son razonables con el discurso pero permisivos en su propio territorio.

El Papa nos pide “Escuchar la voz de la creación” (1 sept – 4 oct). “escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (Ls 49).

La semana pasada el Papa Francisco dio a conocer el tema de 57º Mensaje por la Jornada de las Comunicaciones Sociales: “Hablar con el corazón”. Invita a los comunicadores y periodistas a seguir una línea imaginaria con la atenta escucha propuesta el año pasado y que ya vayamos conectando en la misma sintonía con el Sínodo de octubre de 2023. “Hablar con el corazón significa ‘dar razón de la esperanza que hay en nosotros’ y hacerlo con afabilidad, utilizando el don de la comunicación como un puente y no como un muro.” También nos anima a “no tener miedo de afirmar la verdad, a veces incómoda, que tiene su fundamento en el Evangelio”. Y termina: “Es un esfuerzo que se nos pide a todos, pero en especial a los operadores de la comunicación, llamados a ejercer su profesión como una misión para construir un futuro más justo, más fraterno, más humano”.

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Opinión

Un Dios que habla y escucha.

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Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

El ritmo social que llevamos gradualmente nos conduce al aislamiento. Mucha gente se siente sola, sin tener posibilidades de abrir el corazón.

El diálogo entre amigos o en el seno familiar nos ayuda a ayudarnos, a compartir las alegrías y tristezas. Esa experiencia no se limita solamente a las palabras ni a expresar conceptos abstractos. Poner el hombro, abrazar, acariciar, hacer pausa y silencio, forma parte de la comunicación de cariño y ternura.

Dios entra en diálogo con cada persona. Nos enseña un importante documento del Concilio Vaticano II: “Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía”. (Dei Verbum 2).

Dios se da a conocer como Padre y, a su vez, nos revela también nuestra propia identidad de hijos suyos. Nos habla de sí mismo y de la vocación de eterna felicidad a la cual nos convoca.

Es Palabra que ilumina el camino, que muestra horizonte de sentido para la vida.

Dice la Carta a los Hebreos que “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo; ella penetra hasta lo más íntimo del ser, hasta las articulaciones y la médula, y es capaz de discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hb 4, 12). Nos desestabiliza y sacude de la tentación de la comodidad. Impulsa a un crecimiento permanente. Distingue con claridad el bien del mal y nos urge a optar por el amor, el servicio, la verdad.

La Palabra de Dios también es alimento. Por eso en los Templos se destaca su lugar en un espacio semejante a la mesa del altar.

Este cuarto domingo de septiembre lo llamamos “domingo bíblico nacional”, junto con otras Iglesias cristianas con las que compartimos el mismo texto sagrado.

En esta oportunidad el lema lo tomamos del Evangelio de San Lucas “¿y quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29). En una ocasión un doctor de la Ley le preguntó a Jesús acerca de cómo alcanzar la vida eterna. En el diálogo quedó claro que el camino es el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo; como para justificar su intervención, entonces el doctor insistió: ¿y quién es mi prójimo?

Jesús entonces le respondió con la Parábola del Buen Samaritano. No es una respuesta abstracta, sino bien concreta. Nos impulsa a inclinarnos ante quien está tirado al costado del camino, aunque no lo conozcamos. Es una bella enseñanza de fraternidad y servicio a quien está al borde del camino.

En esta misma línea se expresa la parábola del Evangelio que proclamamos este fin de semana en la misa. Un hombre rico vestido ostentosamenteque daba lujosos banquetes, mientras que a la puerta de su casa un pobre mendigo llamado Lázaro ansiaba las migajas de aquella mesa.

Jesús condena la indiferencia ante el sufrimiento del pobre. La carta de Santiago también advierte a los primeros cristianos del riesgo de las riquezas (St 5, 1-6).

Escuchemos la Palabra con oído atento y corazón de discípulos misioneros de Jesucristo.

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Cumpleaños de la Diócesis de Cuyo.

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Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo (Argentina) y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

La Independencia de la Argentina fue declarada solemnemente en Tucumán el 9 de Julio de 1816. Sin embargo, el reconocimiento no fue inmediato por parte de otros países, y lo mismo ocurrió con la actitud de la Iglesia Católica en la Santa Sede.

Durante décadas las autoridades civiles locales y los sacerdotes solicitaron a la Santa Sede conformar una nueva diócesis con las Provincias de Cuyo. En abril de 1827 se firmó el Tratado de Guanacache entre los Gobiernos de las Provincias de San Luis, Mendoza y San Juan, en el que se comprometían a promover la religión católica. A partir de allí se incrementaron las gestiones para conseguir la creación del Obispado de Cuyo.

Se dieron algunos pasos intermedios pero con dificultades debido a presiones de la corte de España para no perder derechos en las que habían sido sus colonias, e incluso del Cabildo eclesiástico de Córdoba.

Después de tanta espera e intensas gestiones, al fin el Papa Gregorio XVI firmó el Documento (llamado Bula) por medio del cual se crea la Diócesis de Cuyo. Era el 19 de septiembre de 1834. Fue la primera diócesis creada en el país después de la declaración de la Independencia.

Se fija como sede de la nueva diócesis a San Juan, y su primer Obispo fue Fray Justo Santa María de Oro. Él murió en septiembre de 1836 con 64 años de edad, días después de caer de una mula en ocasión de ir a una visita pastoral. (Los datos históricos están tomados de un trabajo de la Profesora Leonor Paredes de Scarso.)

Es una fecha muy importante porque nos hace mirar nuestro origen. Este logro tiene vinculación con el deseo de hombres y mujeres de aquel tiempo, unido a la decisión del Papa Gregorio XVI, obispo de Roma y sucesor del Apóstol San Pedro.

San Pablo VI enseñaba que “la Iglesia existe para evangelizar”. Y esa es nuestra vocación y misión. Sumate en la oración para dar gracias a Dios por llamarnos a compartir la fe en esta geografía. Si estás cerca de la Catedral te invito a la misa de las 20 horas.

Este sábado y domingo celebramos en la Argentina la Jornada Nacional de Oración y Reflexión contra la trata de Personas. La fecha está fijada por la cercanía con el 23 de septiembre, “día internacional contra la explotación sexual y el tráfico de mujeres, niñas y niños”. 

Es una actividad mafiosa que enriquece unos pocos bolsillos a costa de las lágrimas de las víctimas y sus familias. Se esclaviza, oprime y ejerce violencia física y psicológica. Todo lo que se pueda hacer para mitigar tanto desgarro resulta poco.

Es el Cuerpo de Cristo avasallado, humillado, vejado. Son heridas abiertas que manan sangre inocente. Es necesario prestar atención a los gritos silenciosos que, desde la oscuridad invadida por el hedor rancio de tabaco, drogas y alcohol, claman justicia, libertad y dignidad.

El Papa Francisco manifiesta con claridad su pensamiento y denuncia: “Son organizaciones criminales que lucran con esto, esclavizando a hombres, mujeres y niños, laboral y sexualmente, para el comercio de órganos, para hacerlos mendigar o delinquir”.

Nos avergüenza como humanidad el engaño o el secuestro como métodos para avasallar los derechos elementales de toda persona a la vida y la integridad de su cuerpo.

Seamos sensibles a tanto crimen y dolor.

El viernes pasado a mediodía la presidencia del CELAM y miembros de la Fundación Populorum Progressio fuimos recibidos por el Papa Francisco. La tarde anterior había llegado de su viaje a Kazajistán pero su disposición era animada y su mirada, profunda. La enseñanza que nos dejó nos recordó la necesaria conversión a ver a Cristo presente en los que más sufren y en los que son excluidos y descartados de la sociedad.

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