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Opinión

Siguen pensando en su propio ombligo sobre la cubierta de un inmenso Titanic.

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La enorme mayoría de la dirigencia política sanjuanina, tanto del oficialismo y la oposición, se ponen en foco así mismos como el tema central de la realidad provincial, concuerdan 100%, dicho de una u otra forma, que lo principal es la forma de hacer política, que ellos son el eje y que ahí reside todo. Por supuesto, desde esta mirada se desprende un lenguaje y una “forma”.

Jugadores con camiseta grande, chica o cansados, es tiempo de consenso, diálogo es evolución, hay que tener equilibrios legislativos, estuvimos y estaremos, seguimos trabajando, el proyecto, algunos no colaboran, están los que especulan y sigue la lista enorme de frases y conceptos que excluyen, y que ni remotamente nombran al principal problema: la enorme desigualdad exacerbada por la pandemia que empobreció aún más a amplios sectores medios, bajos y que se llevó puesta a pymes y emprendimientos.
Hablan de ellos como “actores” pero no del sujeto principal: el pueblo sanjuanino y sus necesidades.

El lenguaje es hermoso, permite visualizar lo que se piensa y lo que se quiere “vender”. Sólo basta escuchar a la dirigencia, tanto en lo que dice como en lo que se omite, para comprender que siempre hablan de sí mismos, que dependiendo del espacio político donde estén varía el tono y están ausentes del debate los problemas reales de los sanjuaninos.

No estoy avalando para nada la llamada anti-política que esconde lo antidemocrático, al contrario, es contra quienes interpretan a la actividad política como una “salida laboral bien remunerada” o un puente para hacer negocios y mostrarlos como logros.

Quienes actúan así, y que no son minorías precisamente, no enarbolan primero los ideales y la sociedad que pretenden, sino que estos se supeditan a la oportunidad del momento y a lo que le rinda personalmente más frutos en lo inmediato.
Por eso hoy están aquí, mañana allá, pasan de “equipo en equipo” sin ruborizarse y sin dar explicaciones, a lo sumo dicen que es una evolución.

Lo que está por debajo y motoriza este andar ambicioso e individualista es la manera “de mercado” de hacer política.
El “mercado” al imponer sus reglas convierte a los ciudadanos en usuarios o clientes, son compradores de un producto o servicio como cualquier otro y votar se convierte en un proceso de “compra”.
Los productos para ser instalados en el mercado deben tener un gran aparato publicitario que no es accesible a cualquiera y por ello siempre estarán en “punta de góndola política” los que tengan mayor respaldo económico.
El “mercado político” además, no es para cualquiera, es caro ingresar y es cada vez “más competitivo”.
El objetivo en este mercado como en cualquier otro es comercializar “el producto o servicio”. Puede cambiar de etiqueta, empaque, logo, marca y hasta de nombre pero igual eso no es relevante ya que lo que interesa es que “se venda”.
Siguiendo las reglas del marketing de los “otros productos y servicios”, no se deben mostrar problemas de fabricación o ensamblado, siempre todo es positivo y en cualquier caso la culpa de alguna falla es problema siempre de “otros competidores y productos” que distorsionan el mercado.
Ya no hay ciudadanos, sólo clientes y usuarios, es la manera neoliberal de hacer política.

Bajo este esquema la militancia y el Partido son una especie de lastre, grupos de personas que “molestan”, una herencia no deseada a la que hay que “contener” y que se suplanta con el marketing y los medios.
Quienes “llegan” adoptan inmediatamente una postura señorial, palaciega, se convierten en príncipes y princesas y disfrutan de los títulos nobiliarios y las bondades de la vida burocrática. Es la versión política del instagramer y/o mediático.
Dicho de otra manera, los productos políticos “se instalan” y rara vez son la culminación de un proceso de suma y articulación de voluntades aunadas tras una idea donde se deciden los liderazgos de manera democrática. En todos los espacios más impotantes eso no sucede desde hace muchísimo tiempo, si es que sucedió alguna vez.

Algo puede fallar…

Al no poner al pueblo, las mayorías, postergados, excluidos y discriminados primero, esta “venta” corre el riesgo de evidenciar su problema de origen: está pensada para que no se modifique la realidad en beneficio de estos sectores y que siga todo igual mientras los “políticos de turno gerencian” la situación.

Para quienes queremos una sociedad menos desigual, más justa y con desarrollo e inclusión para todos los habitantes, debemos exigir además que quienes dicen representar nuestros ideales sean consecuentes con los mismos, que la ambición política en ellos no sea sinónimo de corrupción y avaricia y que expresen su solidaridad y empatía militante con el corazón y la acción.
Hagamos las campañas de marketing que haya que hacer, pero sin mentir y decir todo de cara al Pueblo sin esconder nada y con el coraje de encarar los procesos de cambios sin temores ni prejuicios.

Si desde este lado de la historia no se vuelve a lo que debe ser, la derecha extremista como la de Milei y Espert, incluidas dentro del arco que contempla a Juntos por el Cambio en San Juan, tendrán cada vez más peso ya que se montan sobre el disconformismo de la sociedad, señalan a “los políticos populistas” como culpables, despotrican contra todo lo que sea bueno para el Pueblo y con su esa actuación de “rebeldes para que nada cambie”, quieren imponer la idea de que no hace falta tener políticos y eso es ni más ni menos, que no hace falta tener democracia y es hacer de la sociedad una ley de la selva total: solamente se salva el que tenga plata, el resto que se pudra. Eso es la derecha.

Mientras, los que siguen pensando en su propio ombligo dando rienda suelta a sus ambiciones y disfrutando en la cubierta de un inmenso Titanic que nos tiene a todos metidos adentro, son los cómplices necesarios de esa derecha nefasta que se justifica en ellos.
Se soluciona cuando los que estamos bajo cubierta asomemos la cabeza y digamos que hasta acá es la cosa, que como Pueblo queremos que nos representen quienes primero piensen y sientan en y con nosotros.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

Opinión

Tiempo de escuchar clamores y suspiros.

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Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y secretario general del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

Conocí unas cuantas personas que a lo largo de los años adquirieron la capacidad de distinguir con claridad el canto de los diversos pájaros. Cierto es que algunas aves son inconfundibles, como el tero o el chajá. Pero otras emiten sonidos agradables, aunque la mayoría de los mortales desconozcamos su origen.

Si de saber escuchar se trata, una enfermera con muchos años de experiencia me contó que cuando le toca estar de guardia durante la noche en el Hospital, puede reconocer el origen de los gemidos, la causa del dolor, incluso en aquellos pacientes que expresan apenas un susurro que casi ni mueve el aire, un suspiro leve. “En el silencio de la noche, después de unas horas en la guardia, los gemidos se llegan a sentir como un grito que te taladra los tímpanos”, me decía. ¿Se trata de sensibilidad, empatía?

El Evangelio que proclamamos este domingo en las misas cita un pasaje del profeta Isaías aplicándola a Juan el Bautista. “Una voz que clama en el desierto, preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Lc 3, 4). Juan asume esta figura anunciada siglos antes en esa profecía. Muchos escucharon este llamado como un grito prorrumpido por el Precursor del Señor, y se acercaron a recibir el bautismo ofrecido para el perdón de los pecados y como expresión de querer cambiar de vida.

El domingo pasado hemos comenzado el Tiempo de Adviento que nos orienta a mirar a Belén y a la Ciudad celestial. El pasado en el cual creemos (Belén) y el futuro que aguardamos expectantes (la Ciudad celestial). Estamos iniciando el camino a la celebración navideña. El que vino pobre y frágil en el pesebre volverá para el juicio final de la historia. Entre estos momentos se despliega el tiempo presente que nos llama a abrir el corazón a esta otra venida que se produce cada día.

Jesús nos habla de distintas maneras, quiere entrar en comunión conmigo, con vos. A veces su voz es un clamor como un trueno que nos conmueve y desinstala; otras, como un aire casi imperceptible que apenas agita una hoja. Es muy importante prestar atención; no te distraigas.

Es fundamental escuchar a Dios en su Palabra, con un corazón que se quiere dejar iluminar y guiar. Ser coherentes es no transar en que nos entre por un oído y se nos vaya por el otro.

De algunas situaciones de injusticia decimos que “claman al cielo”, una expresión de raíz bíblica. En el libro del Éxodo dice Dios: “He escuchado el clamor de mi pueblo”. Ante el primer asesinato se relata que la sangre de Abel clama a Dios desde la tierra (Gn 4, 10).

Y en la parábola de la viuda y el juez inicuo, concluye Jesús: “Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche?” (Lc 18, 7)

Varias veces les he referido la expresión del Papa que nos interpela a escuchar el clamor de los pobres y el gemido de la tierra.

La Virgen María se dejó llenar por el Espíritu Santo. Este próximo miércoles 8 de diciembre celebraremos su Inmaculada Concepción y su total disponibilidad a la voluntad de Dios. La respuesta al anuncio del Ángel Gabriel fue “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”. Una actitud de disponibilidad permanente toda su vida.

El jueves pasado se dio a conocer que el Papa Francisco me designó miembro del Dicasterio de la Comunicación, un organismo del Vaticano de servicio al Papa y a la Iglesia. Me demandará seguramente algunas reuniones en plataformas virtuales, pero no implica que me vaya de San Juan. Agradezco este llamado a servir en este ámbito que valoro.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

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Dos preguntas esenciales: ¿qué es tener un buen vivir? y ¿qué sociedad queremos?.

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Si bien hoy casi la mitad de los seres humanos del planeta no satisfacen sus necesidades básicas según el Banco Mundial – hablamos de 3250 millones vidas, que serían 75 veces la población de argentina o 4500 veces la de San Juan – no es ningún secreto que la humanidad en los últimos cientos de años ha progresado enormemente teniendo un mejor estándar de vida que en el 1500, por poner un ejemplo.

Esto a  pesar de que jamás hubo un momento sin guerras, matanzas o destrucción en la historia de nuestra especie, aún así es innegable que hoy hay más expectativa de vida que hace 500 o 1000 años.

Los avances de las ciencias y las tecnologías, del desarrollo productivo, industrial, económico en general ha sido impresionante comparado con ese pasado no tan lejano.

En teoría, al menos la mitad de la población que mejor la pasa debería tener más tiempo para disfrutar de estos logros que sonarían a paraíso celestial para un habitante de la época de Cristo.

Pero contrariamente a lo que debería ser, la vorágine a la que somos sometidos cada uno de nosotros a diario, todo el día, todo el tiempo, es tan fuerte que nos ensordece, nos enceguece, nos anula y si nos queda un pedacito de tiempo vacío para nosotros, es tan efímero que es difícil recordar si alguna vez tuvimos uno.

Dicho esto, pongo sobre la mesa sólo dos preguntas que deberíamos contestarnos permanentemente para comprender la escala de valores con la que cargamos, casi siempre sin saber, en contraposición con la que deberíamos tener. De la impuesta como si fuese única e irremediable y con la que correspondería sea nuestra meta o utopía que nos motive a seguir mejorando.

Pregunta uno: ¿Qué es tener un buen vivir?

Habrán sin dudas muchas respuestas diferentes a esta pregunta, pero igualmente no dudo que la mayoría de ellas comenzará por las cuestiones que tengan que ver con la subsistencia y lo económico: tener un techo propio, un ingreso y trabajo digno, cobertura médica, acceso a una buena educación, seguridad y poder darse algunos gustitos.
La mayoría seguramente querrá esto constituyendo una familia.

Aunque las respuestas a “buen vivir” serán abrumadoramente sobre lo material y económico, todavía se sobreentiende que es algo que excede a un momento, no es efímero, se lo quiere extendido y que sea previsible, y que esa previsibilidad nos brinde tranquilidad. No dudo que se entiende de esta manera.

Casi nadie formula esta pregunta, que sería más justa, sino que se bombardea con la imagen de “felicidad” que siempre se asocia al “éxito”. El objetivo ya no es tener “un buen vivir” sino ser “exitosamente feliz”.
Claramente el “éxito” viene asociado con el dinero que permite comprar cosas y entonces aparecen frases como “qué feliz sería teniendo esto”. Obtener ese objeto inmensamente caro e inalcanzable es sinónimo de “éxito” y “felicidad”.

Esta forma de ver la vida que hoy reina en el mundo trae aparejada la insatisfacción, ya que si bien nos dice que comprando gozamos, inmediatamente después que obtenemos eso sale un nuevo modelo o no hemos alcanzado a adquirir el que queríamos y eso nos hace sentir mal, tristes, agónicamente insatisfechos.

La vida para este modelo de mundo es que consumamos permanentemente en búsqueda de la felicidad, que jamás llegará claramente de esta manera.
El consumismo extremo es mostrado como algo “bueno” para la sociedad porque para producir esos bienes y servicios hay gente que los hace y gana por eso y hace caso omiso al gigantesco impacto ambiental destructivo que causa.

Y así, curiosamente en el mejor momento de desarrollo de la historia de la humanidad es cuando más nos alejamos de la idea de bienestar general y se generan más y profundos problemas personales.
Es que al reemplazar todo los que nos conecta y entrelaza, solidariza y teje redes como la familia y la comunidad cultivando el amor, el arte y la cultura, al eliminar lo que realmente perdurará y nos trascenderá por el dinero y la búsqueda de la felicidad eterna que nunca llegará, descendemos de ser humano a una pieza prescindible de una máquina hecha para que todos demos nuestra sangre para consumir enriqueciendo a muy pocos en perjuicio de casi todos.

Lo sensato sería no perseguir la falsa “felicidad” de un imposible “éxito” sino procurar un buen vivir hermanado con nuestra naturaleza y aprender a disfrutar de los momentos de felicidad que siempre están de la mano de un afecto, de un amor, de una emoción pura e irrepetible, instantes que uno atesora y que nunca son “objetos” comprables. Aquí cada uno tendrá su maleta de valores y creencias que al final  son las cosas que realmente perduran.

Pregunta dos: ¿Qué sociedad queremos?

Si no hiciéramos esta pregunta y nos quedáramos sólo con la anterior caeríamos en la trampa de la autoayuda, que si uno quiere lo tiene y que si no lo tiene es porque no quiso, o no supo hacerlo. El engaño impuesto de hacernos creer que si alguien tiene dinero es porque lo merece, porque tiene mérito para ello, que ser rico es ser feliz y es sinónimo de éxito. Al final de esta manera de ver las cosas ser pobre es igual a ser malo, vago y delincuente y ser rico igual a todo lo bueno.

Las respuestas a la primera pregunta sin duda se asocian a la segunda, y creo que ante “¿qué sociedad queremos?” la mayoría contestará: que sea una sociedad que nos permita tener “un buen vivir”,  independientemente de la cuna en que nos tocó nacer.

Para tomar rumbo a “la sociedad que nos brinde buen vivir” se deben realizar cambios, hay que hacer transformaciones que pavimenten este camino y ellas no se producirán hasta que la mayoría no presione en ese sentido y surja una nueva dirigencia política que tenga claro que el objetivo es conducir al “buen vivir” para el pueblo, para las mayorías y no para unos pocos elegidos entre los que están los corruptos y los traidores (políticamente son sinónimos).

El “¿qué sociedad queremos?” es la pregunta que siempre debemos hacernos a la hora de evaluar el accionar político y sacar los engaños de los magos de la vista.
Si desde los discursos nos dicen cosas que no entendemos, repiten palabras como inversión, confianza, mercados, proyectos, mega obras, empleo a secas y se nombran poco trabajo con salario digno, educación y cobertura médica integral para salir de la pobreza, redistribución del ingreso, desarrollo ecológicamente amigable y que paguen más los que más tienen, entonces esos políticos no están entre los que de verdad quieren “un buen vivir” para el pueblo.

Hay que empezar a usar menos palabras complejas, volver a lo simple y directo, dejarse de discursos que no dicen nada para que nada cambie.

“¿Qué es tener un buen vivir?” y “¿qué sociedad queremos?” son las preguntas que como personas y seres sociables debemos hacer y hacernos siempre. Al responderlas de seguro nos orientarán de mejor manera ante la vida, por un lado, y nos ayudará en la tarea de determinar qué partidos y qué dirigentes son afines a las respuestas que demos.

Unas consideraciones finales

En Bolivia y Ecuador el “Buen Vivir” es un principio constitucional basado en el ´Sumak Kawsay´, que recoge una visión del mundo centrada en el ser humano, como parte de un entorno natural y social.- dice el portal del Ministerio de Educación de Ecuador.

Y agrega que el Buen Vivir es: “La satisfacción de las necesidades, la consecución de una calidad de vida y muerte digna, el amar y ser amado, el florecimiento saludable de todos y todas, en paz y armonía con la naturaleza y la prolongación indefinida de las culturas humanas. El Buen Vivir supone tener tiempo libre para la contemplación y la emancipación, y que las libertades, oportunidades, capacidades y potencialidades reales de los individuos se amplíen y florezcan de modo que permitan lograr simultáneamente aquello que la sociedad, los territorios, las diversas identidades colectivas y cada uno -visto como un ser humano universal y particular a la vez- valora como objetivo de vida deseable (tanto material como subjetivamente y sin producir ningún tipo de dominación a un otro)”. 

Por ello no es casual haber utilizado el concepto de “buen vivir”, ya que es preciso aunar el camino de la modernidad y el desarrollo social y económico con la sabiduría ancestral de nuestros pueblos originarios y de los pueblos de quienes llegaron a nuestras tierras como inmigrantes.
Nuestra identidad no puede truncarse ni cortar raíces en nombre de la modernidad, nuestras costumbres y antiguas creencias también son parte del espíritu que como joven nación seguimos forjando y que nos hace únicos y universales como sociedad.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

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Caso Lucio Dupuy: especialistas en infancia critican la cobertura mediática del infanticidio.

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Sobre este niño “que ha tenido todos sus derechos vulnerados… saber que lo mataron a golpes es más que suficiente, no necesitamos la autopsia para saber cómo. Sí tenemos que saber por qué, esto sí es de interés general, mirar en las instituciones qué es lo que se ha hecho mal, qué es lo que ha fallado. Estos casos nos tienen que interpelar a cada uno en el lugar que nos toque para poder revertir a futuro estas situaciones“.

El crimen de Lucio Dupuy recibe la condena unánime de toda la sociedad, incluidos los medios de comunicación. Sin embargo, amparados en que “la gente quiere saber” o en contribuir a que se haga “justicia”, los medios también violan los derechos de ese niño, al que ya se le han vulnerado todos. ¿Cuánto es necesario saber en la cobertura de un caso en que la víctima es un niño, niña o adolescente? ¿Qué resguardos hay que tomar para proteger su intimidad? ¿Al interés de quién responden los medios al publicar detalles de una autopsia? Son algunas de las preguntas que contestan especialistas en la temática.

El lunes, el Consejo Asesor de la Comunicación Audiovisual y la Infancia (Conacai) emitió un comunicado en el que llamó la atención a los medios de comunicación sobre el tratamiento del caso. “El respeto a la memoria de la víctima, a su dignidad e intimidad, y la de su familia, es lo primero que se pone en riesgo en estos casos y no puede ser soslayado”. “El derecho a informar y a estar informado” se debe practicar “sin vulnerar otros derechos, individuales y colectivos”.

En ese sentido el texto planteó que “es necesario que las y los comunicadores se pregunten sobre cuánto contribuye al interés y al bienestar público la difusión de circunstancias que están en el ámbito familiar y privado, además de que no ayudan e incluso pueden obstaculizar la investigación y el esclarecimiento del asesinato”.

El acento en los detalles morbosos

Según explicó a este diario Dolores Espeja, coordinadora del Conacai, el comunicado se gestó al advertir que el tratamiento mediático del caso “redundaba en aspectos de carácter macabro, ponía el acento en la descripción de detalles morbosos al tiempo que promovía especulaciones sobre circunstancias del ámbito privado, que resultan vulneratorios de la intimidad de la víctima y de su familia y entorno”.

Remarcó, asimismo, que la normativa es clara “al establecer que en caso de colisión de derechos que involucran a las infancias frente a otros derechos también legítimos, prevalecerán los primeros en virtud del interés superior del niñx. Esto debería interpelar a los medios de comunicación en cuanto a la responsabilidad social de su ejercicio profesional y evaluar en qué medida contribuye al interés público la difusión de asuntos y detalles que exponen la intimidad y la dignidad del chico”.

A pesar de esta advertencia, la información sobre los padecimientos que sufrió Lucio no paró de circular y multiplicarse; este martes especialmente se conocieron datos muy específicos de la autopsia que Página/12 evitó replicar.

Los derechos del niño

Las normas que protegen estos derechos son la Constitución Nacional, que en su artículo 75 inciso 22, incorpora la Convención Internacional sobre Derechos del Niño.  En la Ciudad de Buenos Aires, rige la ley 114 y a nivel nacional la ley 26.061, de protección integral de niños y adolescentes, que en su artículo 22 se refiere al derecho a la dignidad y dice que “se prohíbe exponer, difundir o divulgar datos, informaciones o imágenes que permitan identificar, directa o indirectamente a los sujetos de esta ley, a través de cualquier medio de comunicación o publicación en contra de su voluntad y la de sus padres, representantes legales o responsables, cuando se lesionen su dignidad o la reputación de las niñas, niños y adolescentes o que constituyan injerencias arbitrarias o ilegales en su vida privada o intimidad familiar”.

Un caso emblemático fue el de Angeles Rawson. En nombre de la “justicia” y para que no quede “impune” su crimen, la tapa de un diario del Grupo Clarín publicó una foto del momento en que Ángeles fue hallada dentro de una bolsa de basura deshilachada en una planta de residuos de la Ceamse. Ese día (13 de junio de 2013) concluyó con una resolución judicial que prohibía la reproducción de esas fotografías y cualquier información referida a la intimidad de la adolescente. La medida, aunque necesaria, llegó tarde. Por otro lado, los medios parecen no aprender de los errores.

Las guías que ya existen

Claudia Fernández, exconsejera por los derechos del niño, hizo una presentación judicial en ese caso. “Cuando se toman esas medidas es que los medios ya están vulnerando los derechos”, dijo a Página/12. Por eso propone la actualización y capacitación permanente de los medios de comunicación en perspectiva de derechos de la infancia. Las herramientas para comunicar sin vulnerar derechos están. Varios organismos tienen guías de actuación periodística sobre noticias de infancias, entre ellos el Conacai. En ésta recomienda, en relación al uso de las imágenes: “Considerar que el pixelado o desenfocado no son suficientes a veces para preservar su identidad. Evitar utilizar fotos de redes sociales que puedan afectar su dignidad o la de su entorno”.

“Los medios de comunicación deben entender que aunque el niño haya fallecido lo asisten sus derechos, derechos a su imagen, cuidado de la intimidad y también obviamente de toda su familia”, explicó Fernández. En ese sentido, dijo que describir con minuciosidad una autopsia vulnera todos los tratados de protección de la niñez vigentes en el país con rasgo constitucional. Fernández llamó a los medios a discernir que “cuando el objetivo solo es para satisfacer la curiosidad del público, no es nunca una manera de contribuir al debate de interés general de la sociedad. Cada medio debe tener un código de ética sobre la información que recibe y cómo la transmite”. 

El caso de Lucio Dupuy

Sobre este niño “que ha tenido todos sus derechos vulnerados… saber que lo mataron a golpes es más que suficiente, no necesitamos la autopsia para saber cómo. Sí tenemos que saber por qué, esto sí es de interés general, mirar en las instituciones qué es lo que se ha hecho mal, qué es lo que ha fallado. Estos casos nos tienen que interpelar a cada uno en el lugar que nos toque para poder revertir a futuro estas situaciones”, apuntó.

En la misma línea, María Elena Naddeo, titular del Programa de Atención de la Niñez, Adolescencia y Género de la Defensoría del Pueblo de la ciudad y copresidenta de la APDH, recomendó comunicar los peritajes y los contenidos investigados “con sumo resguardo para la privacidad de todes los involucrados”. “Cuando las víctimas de maltrato están vivas, es de absoluta obligatoriedad evitar la filtración de datos personales y resultados específicos de los diagnósticos. En este caso, ya fallecido Lucio, corresponde el respeto de les comunicadores y funcionarios públicos por evitar las presunciones aún no confirmadas, las hipótesis que circulan rodeando de más dolor y sufrimiento su corta vida”, agregó. También puso el acento en investigar por qué todas las alarmas fallaron y el sistema que debía cuidar a Lucio no lo hizo.  

Por su parte, el fiscal Aldo de la Fuente, de la Unidad Fiscal para la Investigación de Delitos contra la Integridad Sexual de Niñas y Niños (Ufidisn),explicó a este diario que “toda información, como es el tema de la autopsia que se le hizo a este chiquito, es un tema sumamente sensible. Particularmente nosotros siempre buscamos preservarla, por distintas razones, primero por la investigación, para llevar a buen cauce el esclarecimiento del hecho. El sumario, esto lo dice la ley, es público solo para las partes, es secreto para terceros. Pero por otra parte es sensible esa información porque hace también a los derechos de la familia de la víctima: derecho a la privacidad, al honor, al buen nombre. O sea, que desde todo punto de vista uno trata de proteger esos datos. También es cierto que muchas veces se filtran no desde los operadores judiciales sino desde las mismas partes que intervienen. Pero si hay responsabilidad de quienes trabajan en la causa se tendrá que investigar”.

/Página12. Escribe: Sonia Santoro

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