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Opinión

Sin la activa participación de las mayorías en la vida política no hay destino común.

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Desde hace tiempo los debates y campañas políticas se centran en las características personales de los y las dirigentes y por eso terminamos hablando siempre del “cómo son” estas personas. Más allá de la evidente importancia de los perfiles de quienes lideran un espacio, esta obsesión termina ocultando los intereses que están por detrás, es decir, a quienes de verdad representan.

Esta excesiva mediatización y banalización de la política trae además al menos dos elementos que no son para nada inocentes: la falta del debate abierto de ideas y un menú comunicacional exageradamente cargado de infernales insultos o exageradas alabanzas cruzadas que lo único que logran son reacciones emotivas, irracionales.

El según cómo “nos caiga” termina primando en el lenguaje de la propaganda o el ahora llamado marketing político. Es la cosificación absoluta del ser, el político es un objeto, un producto, algo que se vende y para ello debe caer bien, verse bien, oler bien y agradar a la mayor cantidad de gente.

No hay dudas que este esquema es adictivo para los dirigentes que desean alimentar su ego y sus ambiciones, en definitiva, para estas personas lo que  importa “es llegar”, sea como sea. Hoy seremos peronistas, mañana macristas, no hay problema mientras me vea bien, huela bien y me siente en ese sillón que tanto deseo.
El hastío que generan estos oportunistas, buscadores de negocios personales sin importar nada más, dan sustento al discurso de la antipolítica. Los hay en los gobiernos y las oposiciones, en los espacios de pequeño poder y en los grandes. La miserabilidad humana también corta la sociedad. 

Que no exista debate político como tal es lo que permite este combo, lo emocional gobierna, los cerebros se apagan y ya no hace falta ni estudiar o formarse ideológicamente. La carrera política pasará entonces por el comunicador y publicista que se tenga.

“Serlo y parecerlo” debería ser algo no discutible e insustituible, pero hoy prima lo cosmético y el discurso fácil de ocasión según la moda que impere.

Y me quedo pensando, ¿a quienes beneficia este esquema?, ¿es casual o está armado?.

No es casual, si está pensado y sigue estrictamente las reglas del alma mater del capitalismo: el mercado. Al ser un producto a instalar y vender, “el/la candidato/a” que quiera ser uno/a de los “más vendidos/as” debe tener una campaña publicitaria de mucha inserción en el mercado, y eso implica mucho dinero para pautar en medios poderosos de comunicación que aseguren la masividad de la propaganda. 

Está claro que “esto no es para todos”, solo para un selecto y exclusivo grupo que tenga acceso al poder real y/o que posea quien banque semejante inversión de campaña.

“Billetera mata galán” y poder concentrado con sus medios mata partido político.

Al final, siguiendo este esquema, el “producto político” deberá responder a sus sponsors en primer lugar.

Como es evidente esta forma de la “democracia” termina siendo una pelea de sectores económicos disputando hegemonía.


¿El dinero todo lo puede siempre? ¿Y la gente?.

Por suerte la vida de las sociedades no es tan matemática, los humanos no podemos ser subestimados. Finalmente, más temprano o más tarde, la política de los que más padecen las injusticias sociales siempre aflora.

Cuando la mayoría de los ciudadanos, que no somos ni remotamente parte de los poderes económicos, tomamos conciencia del poder que tenemos y nos expresamos como el pueblo que somos, la conducción política toma el curso que la mayoría le da en beneficio de la propia mayoría.

Obviamente no es eso lo que quieren los que tienen la sartén por el mango y por eso estimulan al máximo la estupidización, la incultura, la disminución de la educación pública, la demonización y desprestigio de la política. Nos quieren brutos, no pensantes, irracionales, engañados con discusiones sin sentido y por eso nos aturden por cuanto medio o red social exista. 

¿Y los partidos?. 

Bueno, está demás decir que quieren que no funcionen como tales, que no haya debate interno, que no estén funcionando los comités o unidades básicas para que “los de a pie” no se organicen y ejerzan la democracia partidaria que debería ser el basamento de estas instituciones.
¿Y si tomamos conciencia de nuestro poder y nos metemos en los partidos para que seamos actores y no solo sufridores del destino que nos dan?. No basta con ir a votar, sin la activa participación de las mayorías en la vida política no hay destino común, sino usufructo de unos pocos del patrimonio de todos. Ahí sí, política volverá a ser palabra mayor y de respeto. 

La pregunta que siempre debemos hacer.

Siempre, como regla de vida, debemos preguntarnos: ¿estos/as señores/as  a quienes benefician, a quienes representan?.  Hay que sacar las migas de la mesa, limpiar y mirar de manera sincera y hacer números, simples números. ¿Con quienes nos beneficiamos las mayorías y con quienes nos perjudicamos?.

Cuando las palabras son huecas, los insultos prosperan, no se dice hacia dónde se va y se promueve el odio como consigna, está claro que ocultan las intenciones y que no buscan nuestro bienestar, sino nuestra sumisión para que los que más tienen, más tengan.


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

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No hay victoria sin conflicto.

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Extracto de nota de Guillermo Wierzba publicada el 10/10/2021

Neoliberales, progresistas resignados y realpolitikeros niegan cualquier proyecto transformador.

Los economistas e intelectuales orgánicos del poder suelen esgrimir una cantidad de “razones” (excusas) para naturalizar un paradigma económico-social como el único posible ordenador de la sociedad. A partir de esa lógica ordenadora, quedarían determinadas las condiciones para un mejor nivel de vida de la sociedad en su conjunto.

Ubicados en el presente, podemos recorrer el discurso de la intelectualidad de la época neoliberal –de ellos se trata– y sacar conclusiones respecto adónde conducen sus dogmas. Pero no debemos dejar de advertir que esas premisas también son aceptadas por pensadores y políticos autodenominados –y reconocidos por sectores de la sociedad– como “progresistas”, no por valorarlas, sino por resignarse a ellas a partir de hacer un culto de la correlación de fuerzas, a las que siempre encuentran como desfavorables para desafiar los pilares del orden social hegemónico. A neoliberales y “progresistas resignados” habría que agregarle una pléyade de pregoneros de la realpolitik, que entienden a esta última como la asunción del orden vigente como una eternidad, sin ocuparse de la historicidad de los modos en que las sociedades han organizado sus vidas a través del tiempo.

Adentrándonos en los problemas económicos de la Argentina actual, la economía ortodoxa, la intelectualidad que la profesa y sus difusores mediáticos despliegan esa concepción planteando una cantidad de axiomas que conducen al más crudo conservadurismo y a la negación de cualquier proyecto transformador, del cual no sólo se manifiestan contrarios, sino que se ocupan esencialmente de fundamentar su “imposibilidad”. Así, circunstancialmente se genera un “frente político-del posibilismo” en el que encuentran cabida neoliberales, “progresistas” y “realpolitikeros”.
Explicitemos a continuación los lugares recorridos por ese “frente”.

Precios

La única forma de conformación de los precios en la economía es mediante la oferta y la demanda, liberando al mercado de cualquier intervención estatal. Los controles de precios, u otras formas de regulación, como la cupificación de exportaciones y otros métodos del desacople de los precios locales respecto de los internacionales, no sólo son considerados injustos para los “empresarios-productores” (los propietarios de los medios de producción) y su intelectualidad orgánica, sino “distorsivos” (desordenadores de las señales correctas para el “equilibrio” económico y la conformación de precios relativos adecuados para la economía) y condenados al fracaso y al incumplimiento por la imbatible capacidad de imposición final de los precios mercantiles. Por lo tanto, la política económica que postulan como ruta única de la racionalidad es opuesta a lo que determinaban los clásicos del desarrollo, como Albert Hirschman, quienes sostenían que una de las condiciones clave para lograrlo era la alteración de los precios mercantiles por la acción estatal dirigida a objetivos estratégicos de cambio estructural. Esta alteración llevaba implícito el objetivo de la diversificación productiva y de la distribución de los incentivos para compensar los desequilibrios del desarrollo desigual sectorial de las economías jóvenes.

Si el Estado no interviene sobre los precios, si no controla la lógica de su conformación en la cadena productiva y en la de distribución de los bienes, ocurren dos cosas: los aumentos de salarios son absorbidos, y más que compensados, por los aumentos de precios, porque los que dominan esas cadenas son formadores de precios dispuestos y con poder para resolver la puja distributiva a su favor. Pero, además, la empresa dominante de la cadena productiva también puede expropiar beneficios de las pymes y otras unidades productivas articuladas por el núcleo central que es esa firma.

En la actualidad, un sendero enérgico de recuperación de ingresos, que requiere de aumentos reales que desanden la caída salarial del 25% del último quinquenio, necesita de la participación estatal en los mercados de bienes y de trabajo para evitar que las subas de sueldos queden disueltas por la neutralización de los precios fijados libremente por el empresariado formador de los mismos. La no intervención gubernamental conduce al no respeto de los derechos económicos y sociales, y denotaría la demarcación de la vida democrática con un límite que dejaría a la economía por fuera de ella. Lo económico quedaría en el plano de la sociedad civil y excluido de la vida política.

Impuestos

La presentación del reclamo permanente de la disminución de impuestos, que suman una “presión tributaria” abrumadora que sube los costos empresariales a niveles desestimulantes de la producción. La reducción de impuestos –entre los que la obsesión neoliberal y del poder concentrado es especialmente con los que gravan ganancias, propiedad y rentas– constituye una fuente de mayor apropiación de beneficios por parte de los propietarios, a la vez que afecta negativamente la distribución del ingreso. Por otra parte, la idea de una excesiva presión tributaria no se condice con las estadísticas mundiales ni de la región en el análisis comparativo con otros países. Además, la pérdida de ingresos del Estado significaría la restricción de sus recursos económicos para intervenir solventando los necesarios niveles e incrementos del gasto social en una sociedad con una intensa polarización del ingreso y altos niveles de pobreza e indigencia. En la lógica de la reducción de impuestos también está la resistencia a las retenciones, que, en realidad, son derechos de exportación que juegan macroeconómicamente con un rol similar a los tributos, pero también constituyen una herramienta para la regulación de los precios internos, como así también de las transferencias de rentas de los sectores económicos de mayor competitividad internacional a los que necesitan de apoyos para incrementarla. La menor disposición de ingresos tributarios, aunada al pregón de la ortodoxia intelectual de la derecha y de los empresarios concentrados contra el déficit fiscal, es la base sobre la cual se define la idea de un Estado chico con menos funciones. Menor gasto social y menor posibilidad de inversión pública. Menores impuestos a la propiedad y menor gasto social influyen perjudicialmente en la determinación de la distribución secundaria del ingreso, cuya determinación está dada por la primaria más el impacto del gasto social y los impuestos. A su vez, empobrece la potencia estatal para disciplinar al poder económico privado concentrado.

Divisas

El mercado libre de cambios y la libre movilidad de capitales, tanto para su entrada como salida. Esto lleva a que las divisas sean manejadas como una mercancía de orden privado, cuando constituyen un recurso estratégico para el desarrollo. Esas liberalizaciones quitan al Estado la posibilidad de administrar extra-mercantilmente el precio de las divisas y establecer regulaciones cuantitativas y direccionadas sobre la entrada y salida de dólares en función de una política económica redistributiva, humanista y de desarrollo. Cuando se establecen impuestos progresivos, el capital podría eventualmente retirarse, lo mismo ante aumentos salariales o regulaciones de precios. Esa eventualidad no necesariamente tiene antecedentes históricos que constituyan una prueba de regularidad, pero sí la amenaza para evitar la disputa por el ingreso y la intervención estatal. La des-financiarización es combatida por el neoliberalismo y aceptada por el “frente climático del posibilismo” bajo amenaza de abandono.

FMI

El acuerdo con el FMI. En general, los neoliberales plantean una negociación falsa. Aldo Ferrer reflexionaba que cuando una parte se sienta a negociar, debe estar dispuesta y poner la mejor voluntad para llegar a un acuerdo, pero también debe contar con la posibilidad de no arribar al mismo. En el caso del FMI esto también rige. Si el acuerdo fuera considerado “inevitable” para la Argentina, aun sobre la base de la falta de voluntad del FMI por diseñar un esquema de refinanciación acorde a la posibilidad de pago del país y encuadrada en el marco de una política social distributiva y una estrategia de desarrollo autónomo que no implique sesgar la economía hacia un perfil reprimarizado, entonces no se estaría en una actividad negociadora, sino en la gestión de un pedido a los países predominantes en ese organismo internacional para que otorguen algún beneficio o conmutación de intereses. La diferencia entre una negociación y un ruego no es una cuestión menor.

Recursos estratégicos

El rechazo rotundo de la participación del Estado como empresario en la gestión de los recursos estratégicos para el desarrollo nacional. Esta perspectiva excluye la articulación del poder público con empresas privadas nacionales en el despliegue de sectores clave para la soberanía económica, que fortalecería el papel protagónico de lo público en la vida socio-económica.

Estos cinco planos de la política económica de la Argentina del presente constituyen el centro de un debate en el que se juega el futuro de la Nación. Los neoliberales, “progresistas resignados” o realpolitikeros que sostengan –aun desde perspectivas diferentes– como única conclusión que los precios no pueden regularse extra-mercantilmente; que la política fiscal no puede ser expansiva en pos de un Estado grande que participe como un actor económico productivo y sea el efector de una política de redistribución de ingresos y del salario real; y que el Estado argentino no puede manejar el recurso estratégico de las divisas logradas en su comercio exterior ni regular la entrada y salida de capitales en función de la planificación de un proyecto nacional que determine la ciudadanía, abonan un culto de la correlación de fuerzas como fenómeno estático, que resultaría también inconmovible por la propia vocación transformadora de un gobierno nacional, popular y democrático.

No poder diseñar y dirigir esos planos de la economía por parte del gobierno y su cesión a agentes concentrados, empresas u organismos domésticos e internacionales que son ajenos a su poder implicaría el reconocimiento de una dependencia económica indestructible, tanto de centros imperiales como de poderes económicos internos. Esa conceptualización es clásica: habría poderes internos que viabilizarían, por intereses de políticas comunes, el peso de un dominio externo sobre la economía de la Nación, como bien sostenía Rodolfo Puiggrós, quien fuera interventor de la Universidad de Buenos Aires en 1973.

Adherir al planteo de la imposibilidad de acometer el cambio de la correlación de fuerzas que permita ganar mayores espacios para un proyecto del nacionalismo popular y democrático, constituye abdicar del uso de la herramienta fundamental en los procesos políticos de cambio social y/o de conquista de la soberanía política: el conflicto.

El conflicto es el constituyente fundamental de la posibilidad de un cambio progresivo en cualquier Nación y en cualquier sociedad. Aceptar el status quo de los cinco términos reseñados sin plantear el conflicto para resolverlos conduciría a la perpetuación de condiciones de injusticia y dependencia. Su despliegue, enfoque, concentración y ritmo es parte de la subjetividad del liderazgo político gubernamental. Pero acometerlo y reconocerlo como imprescindible es una condición necesaria del posicionamiento teórico- ideológico-político para las transformaciones imprescindibles del país.

La dramática historia argentina fue atravesada, en múltiples fases, por el conflicto entre el proyecto popular y el oligárquico. Las gestas de los triunfos y resistencias del campo del pueblo están presentes en los relatos de la intelectualidad nacional y conforman un aspecto vertebral de la cultura del país.

Parapetarse en la idea de que “el mundo cambió”, que la motorización del progreso, la justicia social, la soberanía política y la independencia económica ya no transcurren por la vía del conflicto, se acerca –o es– una manifestación de la “filosofía” del fin de la Historia. El sometimiento teórico a esta cosmovisión falsa construiría el fundamento para una derrota popular.

/elcohetealaluna


Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de Ahora San Juan

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A 54 años de la muerte de Ernesto Guevara: Fidel Castro y el Che.

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Nota de Luis Bruschtein

“Nos parece absolutamente imposible desde todo punto de vista, nos parece técnicamente imposible en la realidad, organizar todo esto sobre una base falsa”. Es enfático, dolido, no es el Fidel que se ve en sus discursos por televisión. Está sentado frente a una mesa y un micrófono. Dice “falsa” y lo gana el silencio, baja la cabeza, toma una fotografía con la mano y la levanta y trata de seguir, dice “se puede” y otra vez tiene que frenar y larga un suspiro, mira la foto y menea la cabeza. “Pero es imposible hacer una imitación de lo que constituye el rasgo, los rasgos más sutiles de la personalidad, el gesto, todas las cosas”. Habla de su amigo. Deja la foto sobre la mesa pero no puede dejar de mirarla, “es imposible imitar la fisonomía de una persona”.

Es Fidel que confirma la muerte de su amigo el Che, y mira la foto del cadáver expuesto en la pileta de la lavandería del hospital de Vallegrande, en Bolivia. Probablemente sea una de las escenas más dramáticas que capta esa vieja pantalla de los años ’60. El diálogo de dos inmensos protagonistas a través de la muerte. Fidel habla como si estuviera hablando para el Che: “Ni al más imbécil, ni al más cretino de todos los gobiernos, y no hay dudas que el gobierno de Bolivia se caracteriza por el cretinismo y el imbecilismo”, dice con un esfuerzo para aparentar tranquilidad.

Y después frasea lentamente: “Hemos llegado a la absoluta conclusión”. Hace una pausa. “Que la noticia, es”. Otra pausa. “Amargamente cierta” y mastica la palabra “amargamente”. Y otra vez afloran los sentimientos y dice “la tendencia de cualquier persona ante cualquier noticia de alguien a quien se le tiene un gran cariño, la tendencia es a rechazarlo, y a nosotros nos ocurrió eso en el primer momento, una noticia de este tipo, siempre en el ánimo del pueblo está la tendencia a rechazarla”.

“Debemos decir, los que conocemos íntimamente a Ernesto Guevara, y decimos ‘conocemos’ porque de Ernesto Guevara nunca se va a hablar en pasado”.

“Siempre, todo el tiempo que lo conocimos se caracterizó por un extraordinario arrojo, por un gesto siempre de hacer las cosas más difíciles, más peligrosas”. Y ahora habla como un jefe revolucionario de su camarada en la guerrilla.

El Che está muerto y no hace tanto murió Fidel . Esa escena de Fidel confirmando por televisión al pueblo cubano la muerte del Che tiene la poderosa esencia de aquellos años. La épica inunda el monólogo de Fidel que es más un diálogo con el amigo del que nunca hablará en pasado. Y cuando habla lo revive en sus gestos en el extrañamiento.

Era una época en la que se decía que “a un compañero caído no se lo llora, se lo reemplaza”. Pero en esa pantalla en blanco y negro, en esa escenografía desprovista, un hombre joven, de barba, en una silla frente a una mesa, habla de su amigo muerto. Y aunque no se le vean las lágrimas, lo está llorando.

Hay un suspiro largo. “Muchas veces nosotros tuvimos que adoptar medidas para preservarlo, porque así era”. “Lo hacíamos porque íbamos apreciando su calidad de combatiente y además su capacidad y convicción que servirían en alguna tarea estratégica y tratábamos de preservarlo”.

Fidel fuerza el recuerdo. Quiere contarle al pueblo de Cuba cómo veía al Che. “Es probable” empieza y se corta un instante. Cuando retoma es afirmativo: “Pensaba, como pensó siempre, en el valor relativo de los hombres y en el valor insuperable del ejemplo”.

“Nos habría gustado, por encima de todo, verlo en forjador de las grandes victorias de los pueblos, más que en precursor de esas victorias, pero es que un hombre de ese temperamento, de esa personalidad, estuviese más llamado a ser precursor que forjador de esas victorias”.

La potencia extraordinaria de ese Fidel coloquial, dolido, que cuenta cómo era su amigo, con esa valentía que admiraba y que al mismo tiempo le hacía temer por él y tomar medidas para preservarlo, es un himno de alta fidelidad de aquellos años cuando la revolución hermanaba más que la sangre. Nunca más habló tanto del Che. Y es probable que antes de esa muerte tampoco lo hiciera.

Ese guerrillero joven de barba que hablaba como si estuviera con un amigo o un compañero, hacía pocos años había dejado la guerrilla para convertirse en jefe del gobierno revolucionario de Cuba. Y se convirtió en un enorme estadista que atravesó con gran sabiduría otros peligros y eras de cambios drásticos. Sus palabras sobre su amigo fueron proféticas. Porque la figura del Che también perforó esas épocas de mutaciones, superó modas y discursos, se reprodujo hasta el infinito en todo el mundo y se convirtió en ejemplo y “precursor” de otras luchas y revoluciones.

/Página12 – 11/10/20


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Carlos Mugica, el cura de los pobres cuyo legado vive en el corazón de la Villa 31.

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Nota de Francisco Lucotti publicada el 7/10/21

Ayer 7 de octubre fue el Día Nacional de la Identidad Villera, en homenaje al natalicio de Carlos Mugica, cura vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y la lucha popular de las décadas de 1960 y 70. Fundó la parroquia Cristo Obrero en la Villa 31 de Buenos Aires y murió asesinado por la represión parapolicial en 1974.

La Villa 31, ubicada históricamente en la zona de Retiro de la ciudad de Buenos Aires, es una de las aglomeraciones de viviendas precarias más antiguas de Argentina, que se remonta a la década de 1930, y donde viven alrededor de 60.000 personas. Por su ubicación central, su visibilidad por cercanía a las vías del tren y a los barrios más ostentosos del país, es también un símbolo del contraste social.

Tiene como nombre oficial Barrio Padre Carlos Mugica, en honor al fundador de la corriente de curas villeros en Argentina, vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que iniciaron párrocos católicos en países en vías en desarrollo, y quien fuera referente y mártir de las luchas populares durante las violentas décadas de 1960 y 70.

El 7 de octubre, en homenaje a su fecha de nacimiento, se conmemora en el país el Día Nacional de la Identidad Villera, que busca reivindicar el lado humano de la cultura en los barrios populares, las vidas y las voces de quienes los consideran parte fundamental de sí mismos, más allá de los aspectos negativos que resaltan por el contrapunto.

La fecha conmemorativa fue sancionada por ley en 2014 durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015) con el objetivo de resaltar los valores que componen la identidad villera como “la solidaridad, el optimismo, la esperanza, la generosidad, la humildad y el valor por lo colectivo”.

“La gente es muy trabajadora. Yo tengo un negocio y abro todos los días a las 6 de la mañana y veo la gente a mansalva que se va a trabajar. Durante la pandemia, la gente trabajó sin descansar, creció muchísimo la gastronomía y los comercios locales ante la falta de trabajo afuera del barrio”, contó Saúl Sánchez, vecino desde hace 30 años y dueño de un comercio de alimentos.

¿Quién fue el padre Mugica?

Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe nació el 7 de octubre de 1930 en la ciudad de Buenos Aires. Su padre fue el abogado, ingeniero y político de carrera Adolfo Mugica, fundador del Partido Democrático Nacional (PDN) y Canciller en 1961 durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962). Su madre, Carmen Echagüe, era heredera de una familia terrateniente.

A los 21 años abandonó sus estudios universitarios en Derecho para ingresar en el seminario.

En 1954, comenzó a trabajar en la asistencia de familias empobrecidas en la ciudad de Buenos Aires y se acercó al popular movimiento político del peronismo, así como a algunas ideas del revolucionario argentino Ernesto Che Guevara, y a la Teología de la liberación de sacerdotes latinoamericanos.

Su labor social y religiosa se caracterizó por la “opción preferencial por los pobres”, principio fundamental de la Teología del Pueblo, versión argentina de la Teología de la Liberación latinoamericana que evitó el concepto de lucha de clases para proponer la dicotomía entre la defensa de lo popular y el rechazo del bien común por parte de las oligarquías.

La mayor parte de su trabajo comunitario tuvo lugar en la Villa 31 de Retiro, donde fundó la parroquia Cristo Obrero.

Fue uno de los 270 sacerdotes que el 31 de diciembre de 1967 adhirieron a lo que desde abril de 1968 pasó a llamarse Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. A diferencia de otros sacerdotes tercermundistas, Mugica se alejó de la justificación teológica de la violencia armada.

En 1973, se publicó un libro titulado Peronismo y cristianismo, con fragmentos de artículos escritos por él durante la autodenominada Revolución Argentina, dictadura que desencadenó insurrecciones populares y potenció el fortalecimiento clandestino del peronismo, proscrito desde el derrocamiento del expresidente Juan Domingo Perón (1946-1955).

Ese año, regresó Perón de su exilio en España, se levantó la prohibición y se reanudó la democracia, que llevaría al inicio del tercer mandato del líder político. Pese a haber sido inspiración de los fundadores de Montoneros —el grupo guerrillero de resistencia armada peronista activo durante los años de proscripción—, Mugica apoyó la postura conservadora del Gobierno, que a su vez rechazó la vía revolucionaria y se alejó de ideas socialistas de las juventudes dentro del movimiento.

Mugica fue asesinado a balazos el 11 de mayo de 1974 después de celebrar misa en la iglesia de San Francisco Solano, en Villa Luro, barrio de la zona oeste de la ciudad de Buenos Aires. Fue emboscado y ejecutado por el grupo parapolicial de extrema derecha Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, que respondía al ala más reaccionaria del peronismo, encabezada por José López Rega, entonces ministro de Bienestar Social.

Identidad villera, cultura popular

Los barrios populares en las áreas más densamente pobladas de Argentina están integrados al paisaje urbano, pero marginados en todos sus sentidos: con hacinamiento y enormes carencias en infraestructura sanitaria y de servicios básicos. También existen asentamientos en las periferias, donde la precariedad es aún mayor. Pero el espíritu es el de lucha ante las adversidades.

“En el barrio somos personas solidarias, que a pesar de todos los problemas que uno tiene siempre salimos adelante, le damos pelea, ponemos el pecho a las problemáticas, buscando y generando trabajo, nunca estamos de brazos cruzados”, dijo Miriam Suárez, vecina y coordinadora de un comedor popular de la organización social Barrios de Pie.

Miriam llegó al barrio hace 16 años junto con su expareja y sus cuatro hijos. Hoy se las arregla sola con la menor y es una de las referentes sociales de la colaboración en comunidad. Durante la pandemia, la ayuda y el trabajo social y solidario demostraron ser indispensables ante las dificultades que sumó la emergencia sanitaria entre la población más vulnerable, sobre todo en asuntos como la educación, la salud y la alimentación.

“Siempre estamos apoyándonos entre vecinos cuando el Estado no se hace responsable. Las organizaciones sociales damos de comer a mucha gente, durante la pandemia hemos trabajado lo más que hemos podido para que la gente no sufra tanta necesidad”, contó.

A pesar de la relevancia cultural, económica e histórica, los barrios populares y sus habitantes son fuertemente estigmatizados. Los valores de la enorme población trabajadora es opacada en el imaginario social externo por el discurso de odio, los prejuicios de clase y la pauperización cultural en la que la reducen los discursos hegemónicos, y también en la forma de señalar a los barrios al retratar fenómenos sociales complejos como el consumo problemático de drogas y los crímenes violentos.

“Algunos medios de comunicación y la gente que no vive en el barrio nos caratula como una villa donde somos todos delincuentes, pero eso es mentira, delincuencia hay en todos lados. Hay muchos emprendedores en el barrio, la gente sale tranquilamente a las plazas, hay mucha solidaridad entre vecinos”, comentó Saul.

El comerciante destacó el trabajo de urbanización que comenzó a realizarse en el barrio hace algunos año por parte del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, un programa de avance lento y complejo debido a que implica la reubicación de familias enteras para calles y espacios de ventilación donde hoy hay construcciones apelmazadas y amontonadas entre pasillos.

En los barrios populares, casi siete de cada 10 jóvenes no terminan la educación secundaria, frente a tres en el resto de Buenos Aires. Un 74% de la población no tiene cobertura médica contra un 19% en el conjunto de la capital argentina. Sus habitantes tienen apenas unos escasos 0,8 metros cuadrados de espacio público, en comparación con los seis metros de los demás vecinos.

El Barrio Padre Carlos Mugica comenzó con algunas familias desperdigadas en casillas, pero hoy es un complejo entramado que cuenta con 10 secciones y decenas de miles de habitantes.

La organización popular es primordial ya que deben encargarse ellos mismos de todo ante la falta de acceso del Estado para funciones como la salud, la recolección de residuos o el manejo de incendios, uno de los principales problemas que viven los vecinos debido a las precarias instalaciones eléctricas.

Según datos del Ministerio de Desarrollo Social a partir de un relevamiento realizado entre 2016 y 2017, en el país hay más de 4.000 barrios populares, que se definen como con al menos ocho familias agrupadas donde más de la mitad de la población no cuenta con título de propiedad del suelo ni acceso regular a menos dos servicios básicos: agua corriente, energía eléctrica, cloacas. Allí —y así— viven cerca de tres millones de personas en Argentina.

Esa misma cantidad de habitantes tiene la ciudad de Buenos Aires, el distrito más rico del país, donde el contraste socioeconómico es más rotundo. Se calcula que 6% de quienes viven en la capital nacional radican en lo que se conoce coloquialmente como villas o asentamientos de emergencia.

Según dactos del Relevamiento Nacional de Barrios Populares, en el conurbano bonaerense, que rodea la capital porteña, hay más de 1.600 barrios informales, villas urbanizadas y asentamientos de emergencia, donde viven alrededor de un millón de personas. El 15% carece de agua potable y 30% no cuenta con red cloacal.

/Sputnik


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